Encrucijada

 

El monótono teclear de la vieja underwood que hace tanto su padre le regaló ─siempre desde entonces compañera fiel─ se detiene al fin. Durante horas, sin pausa, ha resonado en la habitación y de improviso un silencio denso y pesado invade la estancia. Tras los cristales, al otro lado del balcón, la tarde se apaga lentamente. Ha comenzado a lloviznar, la luz es cenicienta y fría y una fragancia suave a tierra mojada, primera advertencia de un otoño recién apenas estrenado, se cuela por alguna ventana entreabierta.

A esa hora mágica en que la noche sustituye al día, Victoria repasa las páginas escritas. Metódica y concienzuda. Satisfecha, por fin. Suspira el aire del anochecer y una emoción incontrolable, algo que no acierta a explicar, inunda sin motivo sus ojos de lágrimas. Solo es cansancio, piensa. Y, sí, tal vez sea solo eso: cansancio. Tal vez.

Los últimos meses han sido agotadores. Intensos y adversos como pocos. Nada nuevo en realidad para esta mujer en armas siempre contra un mundo que trata de ignorarla. Pionera en tantos frentes donde es urgente abrir nuevos caminos. Luchadora y tenaz.

Y quizá sea ese el motivo del vacío que desde hace ya algún tiempo ─ahora se da cuenta─ habita en su pecho.

El quejido del viento entre las encinas, la melancolía en su corazón, la vulnerabilidad que araña sus entrañas, elevan su recuerdo a las enseñanzas de su madre, a las risas de sus compañeras del Lyceum, a la complicidad de sus maestras, a tantas y tantas mujeres valientes ─sencillas o ilustres─ siempre relegadas, siempre invisibles, condenadas a permanecer en la penumbra, arrojadas a la frustración y al desaliento. Siente que su decisión las traiciona, que defrauda sus esperanzas, que hace trizas episodios enteros de su vida. Y le duele tanto esa deserción.

Amarga encrucijada, la suya. Lacerante y feroz.

En cualquier caso, el discurso que hace un momento ha logrado terminar es impecable. Lo ha escrito y reescrito hasta la extenuación, incapaz por momentos de hallar el tono preciso, angustiada, desesperada, tratando de dar con las palabras justas para expresar algo más que un pensamiento: una inquietud, la voz de su desgarro.

Difícil camino el que esta mujer idealista y orgullosa comienza a recorrer.

Hace lo correcto, de corazón lo cree. Y sin embargo… No logra desprenderse de la bola que atenaza su garganta, algo muy cercano a la congoja, cierta mezcla de agotamiento y confusión. Nadie como ella comprenderá jamás la magnitud de su renuncia. El amargo papel que, en aras de un bien mayor ─así se autoconvence─ ha de representar. Plenamente convencida, decidida a no acallar la voz de su conciencia, incapaz de silenciar sus convicciones, dispuesta a afrontar el severo juicio de la Historia, a dilapidar ─bien lo sabe─ buena parte del prestigio conseguido.

Pero su resolución es firme. Pocas horas después habrá de afrontar el momento decisivo y ella, Victoria Kent, maestra, doctora en Derecho, directora general de prisiones, diputada en Cortes, defensora infatigable de los derechos de su sexo, mujer lúcida como pocas, inteligente, audaz, comprometida… ella, Victoria, desde la tribuna de oradores del Congreso, dividida como nunca estuvo entre la renuncia a su más bello ideal y su ardiente pasión republicana, con absoluta convicción democrática, reclamará sin dudar el aplazamiento del voto femenino. Un voto que sin remedio ─con sinceridad lo piensa─ se vería ahora secuestrado por la voluntad omnipresente y reaccionaria de maridos, padres o sacerdotes. Riesgo inasumible. Triste e inevitable paso atrás. Cruel traición, que solo su desmedido amor por la República justifica.

Una y otra vez ensaya Victoria las palabras con que a la tarde siguiente ─Uno de Octubre de 1931─  habrá de dirigirse a la Cámara: «…Que creo que no es el momento de otorgar el voto a la mujer española, lo dice  una mujer que, en el momento de decirlo, renuncia a un ideal…»

Un oscuro desconsuelo asoma a sus ojos negros. Sobrecogida, frágil, herida por una pena insoportable que se clava en el fondo de su alma, apenas consigue ya retener el llanto.

En la calle mientras tanto las aceras brillantes de lluvia, las apresuradas carreras de los viandantes bajo sus paraguas, el lívido blancor con que el cielo despide a este convulso mes de septiembre, dan a la ciudad la apariencia sombría y gris de un día triste de invierno.

 

 

 

Este relato obtuvo el segundo premio en el «I Certamen de Relatos Beatriu Civera» convocado por la Concejalía de Igualdad del Ayuntamiento de Valencia y aparece  publicado en la Antología del Certamen. Fallo del Jurado 26 de Junio de 2017.

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