Miedo

 

Cada sentimiento que lastimamos es una estrella que apagamos

Herman Hesse

Tengo miedo. No quiero sentir lo que siento y tengo miedo. A que dejen de quererme, a las burlas, al desprecio, a la falta de ternura. He aprendido a mirar el mundo en silencio, a callar y asumir mis derrotas. Me asusta tanto ser como soy… Trato de evitarlo y no lo consigo. Sé lo que todos esperan de mí e intento adaptarme, pero… En esa lucha mueren mis sueños y nace una mentira. Es algo inevitable. Y triste. Y confuso. Y tan doloroso… Memorizo gestos y comportamientos, reprimo mi esencia y a base de artimañas he logrado (creo) engañar a los demás, pero la extrañeza que late en mi pecho sigue en él. No se va. Nunca se va.

─ ¡Ay, por Dios, qué chiquillo! ─reniega mamá cada tarde, cuando al volver de clase me encierro en mi cuarto, rehúyo con premura sus besos y empieza enseguida a sonar Rosalía para acallar mis sollozos─, ¡qué adolescencia más mala, Señor, con lo cariñoso que era este niño de pequeño! Continuar leyendo «Miedo»

El pintor

 

En el silencio denso del Alcázar, Velázquez se detuvo frente al lienzo. Afuera, entre adulaciones y envidias palaciegas, la corte bullía de intrigas pero dentro de su estudio el mundo parecía detenido, el tiempo se deshilaba en pigmentos y solo la luz mandaba. Contuvo la respiración sin darse cuenta y expulsó luego el aire en un suspiro. Una sensación de vértigo recorría su cuerpo y un apunte de sonrisa asomó a sus labios. Lo había logrado, su obra más ambiciosa, la más simbólica y compleja estaba terminada. Una pequeña infanta delicada y luminosa, sus damas atentas, un mastín tendido en el suelo con indiferencia, el reflejo de un espejo insinuado en la pared, una puerta abierta como a otra dimensión. Y un pintor. Un hombre de mirada inteligente, con la paleta entre las manos, orgulloso de su oficio, que daba a cada personaje su lugar y dentro del cuadro creaba otro, cual truco de magia sutil e inesperado. Continuar leyendo «El pintor»

Algo perfecto

 

 

Mis tres libros favoritos, el aroma del café, un destello de sol en la ventana, la complicidad de tu mirada, el balbuceo de un bebé, las tardes de cine, el rumor de las olas en verano, la ternura en las caricias, los juegos de los niños en el parque, una flor deshojada en su vaso de cristal, el gesto amable de un desconocido, las horas de lectura, el sabor del chocolate, la alegría de un encuentro inesperado, los bailes tontos en medio del salón, tu risa, la compañía de la radio en las mañanas… Las arrugas de tu rostro, el calor de tu mano en la mía, la paz que inunda despacito mi alma, el suspiro con que se la lleva el alba… Y esa lágrima que, al cerrar mis ojos, escapa de los tuyos, serena y resignada. Continuar leyendo «Algo perfecto»

Dolores ajenos

 

El hambre es la consecuencia de que determinadas personas no tengan suficiente comida. No es la consecuencia de que no haya suficiente comida.

    Amartya Sen (Nobel Economía)

«Hambre en el mundo. Acabar con el hambre en el mundo». Frase hecha. Lugar común. Moscas. Árboles sin sombra. Niños de ojos grandes, tripa hinchada y piernas flacas. Casas de adobe. Muerte convertida en cliché.

Imagina no haber tenido nunca comida suficiente, no tener agua, luz, no haber visto nunca una ciudad. Imagina tu cuerpo consumido por el hambre, el dolor, la debilidad, la letargia que anticipa su final. Imagina el llanto de tus hijos desnutridos, la agonía silenciosa de tu pueblo, la dentellada de una plaga que a nadie parece importar. Imagina haber nacido en las costuras del mundo, sin futuro ni oportunidad. Imagina…

Un hombre corre al hospital con su pequeño en brazos. Las lágrimas caen lentas por sus mejillas agrietadas. La muerte le pisa los talones y él llora un imposible: un niño que acude a la escuela, un muchacho que consigue un trabajo, un hombre que crea una familia y cuida al padre cuando viejo. Continuar leyendo «Dolores ajenos»

Epifanía

 

«El camino del Infierno está empedrado de buenas intenciones». El proverbio golpeaba su cabeza como un mantra. Todo salía del revés, ¡maldita sea! Ponía empeño, de verdad que sí, pero en algún momento las cosas siempre se torcían.

─ En fin ─se dijo un día, harto de estamparse contra el muro de su buena voluntad─, a grandes males grandes remedios. Pongámonos en marcha hacia el Infierno. Quizá allí cambie mi suerte.

Aprovisionó de vituallas su mochila y puso rumbo hacia el Averno. Continuar leyendo «Epifanía»

Sofonisba

 

Os aseguro que alguien se acordará de nosotras en el futuro

 Safo de Lesbos

Brillan las estrellas sobre los tejados y una luna helada flota en la penumbra. El día ha sido lluvioso y muy gris, algo insólito en esta época del año, tan próximo ya el verano. Pero ahora, barrida de un soplo la tormenta, el cielo se muestra despejado. La noche es fría.

Solitario como un fantasma, un joven recorre las calles de Palermo. Un sentimiento desconocido, algo muy cercano a la congoja, invade su alma. Detiene un instante su camino, aspira el aire limpio de la madrugada y al instante sus ojos se llenan de lágrimas. No sabe bien porqué llora. Nunca fue hombre de ternuras pero la mujer que deja tras él lo ha conmovido de un modo extraño. Descubrió tanta bondad en su rostro, tanta ilusión todavía, tanta dignidad en su cansada vejez.

Desde su Amberes natal, Anton ha viajado hasta Sicilia solo por conocerla. Una mujer menudita, de mirada transparente, vieja como el mundo y casi ciega, es lo que ha encontrado. Con ella ha pasado el día, en el pequeño taller que, pese a no poder ya apenas pintar, aún conserva en la casa familiar. Continuar leyendo «Sofonisba»

El rey del mundo

 

Es la plaga del tiempo en que los locos guían a los  ciegos

El rey Lear (William Shakespeare)

El rey había enloquecido. El poder se había filtrado en su mente como un veneno y hacía de su voluntad mandato. En otro tiempo ─contaban las crónicas─, había sido un hombre justo y compasivo pero la Gran Batalla torció su espíritu. Cuando en una sola campaña su ejército derrotó de golpe al de todas las comarcas circundantes, una idea brotó repentina en su cabeza: no era su destino regir un solo reino sino gobernar el mundo entero.

Aquella revelación, peligrosa como pocas, comenzó a obsesionarle, destruyó en su alma cualquier atisbo de bondad y lo condujo hacia el abismo. Acabó por aislarle y lo enfermó de soberbia en su delirio. Continuar leyendo «El rey del mundo»

Escamada

 

¡Qué susto! ¡Y qué vergüenza! ¡Si hubierais visto cómo corrí! En un instante comprendí lo que pasaba y escapé de allí. ¡Ay, Dios! ¿Qué habrán pensado de mí? Pero, ¿qué iba a hacer? Mi cuerpo ya empezaba a transformarse, y… ¡Uf! Pensé que no lo lograría, que descubrirían mi impostura y me enjaularían para siempre como a  un monito de feria. ¿Y qué creéis que hubiera sucedido entonces? Mi secreto al descubierto, morbo en las miradas, habladurías, maledicencia… Y una vida ─la mía─ que ya nunca habría vuelto a ser la misma. Sé que yo no hubiera podido soportarlo y por eso fue que me asusté tanto. Sí, me asusté muchísimo, lo reconozco. Y pese a todo… ¡Ay! ¡Haber tenido que huir de esa manera! ¡Quién iba a imaginarlo! Y justo, lástima, cuando mi plan rodaba ya a las mil maravillas. Aquella hechicera maldita tuvo la culpa ¡mira qué confundir el embrujo! ¡Las doce campanadas pertenecen a otro cuento! Todo el mundo sabe que nunca ─¡nunca jamás!─ tuvieron nada que ver con el mar y sus sirenas.

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El corazón de la magia

 

Cada fracaso enseña al hombre algo que necesitaba aprender

Charles  Dickens

Todo estaba preparado. La convención de magos iba a comenzar. Cada año, el pequeño pueblo de Brumavieja acogía el certamen de magia más importante de la región. El más esperado también. Durante tres días, sus calles se llenaban de destellos violeta, el sabor de la sopa que servían las posadas cambiaba a cada cucharada y un aroma a pergamino y pociones milenarias impregnaba el aire. Ningún brujo de renombre faltaba a la cita: magos de túnicas formidables, hechiceras de mirada severa, alquimistas de mente inquieta, entre quienes de cuando en cuando se mezclaban aprendices o ilusionistas con aires de grandeza.

Así, entre tan ilustres asistentes, había en aquella ocasión un joven llamado Noah, más conocido en el mundillo por Noah el Torpe. El apodo lo mortificaba porque él no era un mal mago, al contrario: tenía imaginación y un entusiasmo contagioso, pero… Bueno, por algún motivo sus hechizos nunca salían como debían. Si invocaba un ave fénix aparecía un pollo desplumado, si pretendía hacer levitar una pluma los gatos salían volando, si soplaba polvos mágicos sobre un encantamiento las flores perdían sus pétalos. Pequeños desastres que no lo desanimaban. Convertirse en un gran mago era su sueño y algún día lo iba a conseguir. «De los errores se aprende», era el lema que murmuraba en silencio una y otra vez, inasequible al desaliento. Tropezar era inevitable y él nunca se rendía. Si metía la pata reparaba el estropicio y listo. La magia era algo extraordinario y por eso tan difícil de controlar, había que tenerlo en cuenta. Continuar leyendo «El corazón de la magia»

Las rutas del cielo

 

Alma adoraba las estrellas. Cada noche se dormía contemplándolas con la ventana  abierta y una sonrisa entre los labios. Orión, Casiopea, Andrómeda… el abuelo le había enseñado el nombre de todas las constelaciones y el modo de encontrarlas en la oscuridad. No solo eran puntos de luz, le decía asomándola a su viejo telescopio, eran historias, mapas antiguos dibujados sobre el firmamento que guardaban en secreto el sueño de  los hombres.

─ Mira, allá arriba, casi en el centro del cielo, está Polaris, la Estrella del Norte. Si alguna vez te pierdes, búscala, ella te ayudará  a recuperar el camino.

La niña seguía la dirección de su dedo con la imaginación disparada. Continuar leyendo «Las rutas del cielo»