
En el silencio denso del Alcázar, Velázquez se detuvo frente al lienzo. Afuera, entre adulaciones y envidias palaciegas, la corte bullía de intrigas pero dentro de su estudio el mundo parecía detenido, el tiempo se deshilaba en pigmentos y solo la luz mandaba. Contuvo la respiración sin darse cuenta y expulsó luego el aire en un suspiro. Una sensación de vértigo recorría su cuerpo y un apunte de sonrisa asomó a sus labios. Lo había logrado, su obra más ambiciosa, la más simbólica y compleja estaba terminada. Una pequeña infanta delicada y luminosa, sus damas atentas, un mastín tendido en el suelo con indiferencia, el reflejo de un espejo insinuado en la pared, una puerta abierta como a otra dimensión. Y un pintor. Un hombre de mirada inteligente, con la paleta entre las manos, orgulloso de su oficio, que daba a cada personaje su lugar y dentro del cuadro creaba otro, cual truco de magia sutil e inesperado. Continuar leyendo «El pintor»








