
¡Qué susto! ¡Y qué vergüenza! ¡Si hubierais visto cómo corrí! En un instante comprendí lo que pasaba y escapé de allí. ¡Ay, Dios! ¿Qué habrán pensado de mí? Pero, ¿qué iba a hacer? Mi cuerpo ya empezaba a transformarse, y… ¡Uf! Pensé que no lo lograría, que descubrirían mi impostura y me enjaularían para siempre como a un monito de feria. ¿Y qué creéis que hubiera sucedido entonces? Mi secreto al descubierto, morbo en las miradas, habladurías, maledicencia… Y una vida ─la mía─ que ya nunca habría vuelto a ser la misma. Sé que yo no hubiera podido soportarlo y por eso fue que me asusté tanto. Sí, me asusté muchísimo, lo reconozco. Y pese a todo… ¡Ay! ¡Haber tenido que huir de esa manera! ¡Quién iba a imaginarlo! Y justo, lástima, cuando mi plan rodaba ya a las mil maravillas. Aquella hechicera maldita tuvo la culpa ¡mira qué confundir el embrujo! ¡Las doce campanadas pertenecen a otro cuento! Todo el mundo sabe que nunca ─¡nunca jamás!─ tuvieron nada que ver con el mar y sus sirenas.








