Feliz aniversario

 

Labios de fresa, sabor de amooor…

Como un mantra, tercos e inoportunos, los versos de la canción danzan en su mente.

Pulpa de la fruta de la pasiónnn…

La asaltaron hace rato por sorpresa y por mucho que lo intenta no logra ahora sacarlos de su cabeza.

Labios de fresa, sabor de amooor…

Besos de fresa, caricias de arena, ilusiones de espuma, corales y sal.

Atrapada en la memoria que resucitaron los viejos acordes, la nostalgia de otra vida invade su alma. Bombea desesperanza su corazón. Tiembla una lágrima en sus pestañas.

Tras el cristal de la ventana, Paula lo observa un momento. Comienzan a llegar los primeros invitados y Miguel está radiante: atento, risueño, encantado con su papel de perfecto anfitrión.

 «¡Veinte años!», le escucha decir desde lejos, «¡parece mentira!».

«¡Veinte años!», repite ella. Y tampoco puede creerlo.

¿Cuándo se les rompió el futuro? ¿Qué extraño conjuro maldijo su amor?

Parpadea con fuerza ahuyentando en ese gesto el aleteo del dolor.

Disfraza de rosa el violeta que al borde del pómulo oscurece su rostro y ensaya una sonrisa.

 Sale al jardín.

«¡Feliz aniversario, amor!», exclama jactancioso Miguel al verla.  Y sonríe. Y la besa.

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Puértolas, Soledad: Música de ópera

 

Porque eso que había sido escrito quizá no hubiera sido nunca hablado

Durante un periodo que comienza en los años previos a la guerra civil española y concluye en la etapa final del franquismo, con esta última novela −»Música de ópera» (Editorial Anagrama)− recrea Soledad Puértolas la historia de una saga familiar a lo largo de varias  generaciones.

A través de tres mujeres, doña Elvira, su sobrina Valentina y su nieta Alba y con el trasfondo histórico de acontecimientos tan determinantes como la guerra civil, la visita a España del presidente Eisenhower, la revolución cubana o la primavera de Praga, se adentra la autora en una narración repleta de secretos y silencios, de rencores y traiciones, de incomprensión, desamor y soledad. Continuar leyendo «Puértolas, Soledad: Música de ópera»

A contracorriente

 

La luz del sol poniente declinaba veloz. El mar estaba en calma y cientos de chispitas danzaban juguetonas al ritmo de las olas, estrellas diminutas que punteaban la marea con relámpagos de cristal, espuma y plata. Un caleidoscopio de colores −ocres, cobaltos, escarlatas, esmeraldas− teñía las aguas y sobre ellas un enredo de nubes, sombras y brumas cubría poco a poco el azul del cielo. Comenzaba el viento a virar y había en sus remolinos un presagio de lluvia, una advertencia de tormenta, casi una amenaza, que quizá aquella misma noche se cumpliera. Continuar leyendo «A contracorriente»

Confesiones de un marino

 

Aparecieron de la nada. Apenas había amanecido, el mar estaba en calma y el cielo sin estrellas, cuando desde la cofa del palo mayor, en lo más alto del puesto de observación, el grito del vigía dio la voz de alerta. Todos los miembros de la tripulación corrimos entonces a cubierta para contemplar como la espesa cortina de niebla que a esa hora aún nos envolvía, se transformaba como por ensalmo en una magnífica y desafiante escuadra naval. Medio centenar de navíos de línea, de galeones, de corbetas y fragatas, navegaba rumbo norte hacia nosotros, todas las velas desplegadas, bien pertrechados y listos para el combate.

Era el verano de 1780. Escoltados por la flota del Canal de la Mancha, habíamos zarpado del puerto de Portsmouth muy pocos días atrás. Cincuenta y cinco buques que en un punto secreto (eso creímos) del Atlántico habríamos poco después de dividirnos y que hasta entonces tendría yo bajo mi mando. Unos partirían luego rumbo a la India como apoyo a la guerra colonial que allí se libraba. Otros hacia las colonias de ultramar portando un valiosísimo cargamento de armas, pólvora, provisiones, lingotes y monedas de oro. Mantener operativa a la esforzada y ya muy exhausta flota británica que, durante cinco larguísimos años había luchado por sofocar la rebelión desatada en aquella parte del mundo era en realidad la principal misión de nuestra expedición. Continuar leyendo «Confesiones de un marino»

Barnes, Julian: La única historia

 

Siempre serás un soldado herido que aún puede caminar

¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos? Creo que, en definitiva, esa es la única cuestión, así comienza esta última novela del británico Julian Barnes, «La única  historia» (Editorial Anagrama), una profunda reflexión toda ella en torno al amor, al paso del tiempo y su memoria, a la nostalgia.

Al regresar de la universidad para pasar el verano en casa de sus padres, Paul se apunta a un club de tenis donde conoce a Susan Macleod, una mujer de cuarenta y  ocho años, casada y con dos hijas ya  mayores.

La relación (mucho más que una aventura de verano) en la Inglaterra de los años sesenta entre este joven inexperto y la mujer madura, inteligente e ingeniosa que él evoca ahora mucho tiempo después, es el punto de partida de un relato que, desde la ilusión al desencanto, recorre todas las fases de un amor tan único como universal. Continuar leyendo «Barnes, Julian: La única historia»

Collar, Alena: Abre la puerta

 

…Y se endulza el aire y la tarde se aquieta y nieva belleza

Treinta relatos integran esta nueva antología −»Abre la puerta» (Editorial Talentura)− con la que Alena Collar nos asoma a la rutina y cotidianeidad de un grupo de mujeres unidas únicamente por el anonimato y la invisibilidad con que en apariencia transcurren sus vidas. Mujeres en quienes apenas detenemos un instante la mirada, que forman parte del paisaje que compone nuestro día a día (la señora que cruza una calle camino del mercado, la dependienta de un comercio, la estudiante universitaria…) y que podríamos ser en realidad cualquiera de nosotras. Es la historia de esas vidas ajenas que atisbamos un segundo para perder de nuevo y de inmediato entre la multitud lo que cuentan estos relatos: los miedos, el desamparo, la soledad, los dolores callados, las apariencias… el vértigo de vivir. Continuar leyendo «Collar, Alena: Abre la puerta»

Azul turquesa, verde esmeralda

 

I

Martín despertó al amanecer sobresaltado por el repiqueteo de la lluvia en los cristales y una pesadilla que de inmediato olvidó. Se sentó sobre la cama y, a oscuras, enredado todavía en las extrañas sensaciones del mal sueño, permaneció un instante escuchando la tormenta a la espera de que, poco a poco, se calmaran aquellos golpes de tambor que tan descontrolados retumbaban en su pecho. El día apenas comenzaba a clarear pero seguro de que no podría ya volver a dormir, decidió levantarse. Buscó bajo la cama sus viejas zapatillas, bostezó perezoso, acarició la peluda cabecita de Blacky que, hecho un ovillo, roncaba sobre la alfombra  y se acercó a la ventana. Llovía. Había llovido sin parar casi desde el día en que llegó, a punto estaba ya de cumplirse una semana y todavía se veía el cielo tan encapotado aquella mañana, que por completo abandonó el niño toda esperanza de corretear por los campos, libre y a sus anchas, recorrer sobre su bicicleta como siempre hacía, con paciencia y abnegado espíritu de explorador cada rincón y construir por fin, también como cada verano, su refugio secreto entre los álamos del río. Continuar leyendo «Azul turquesa, verde esmeralda»

Wharton, Edith: Los niños

 

Su único problema es que son demasiado ricos. Por eso están tan inquietos.

Contemporánea de Virginia Woolf, discípula de Henry James, amiga de Scott Fitzgerald, Jean Cocteau, Hemingway…, Edith Wharton (Nueva York, 1862 – Saint Brice Sous Forêt, 1937) fue la primera mujer en obtener el premio Pulitzer de novela («La edad de la inocencia»), ser nombrada doctora honoris causa por la  Universidad de Yale y reconocida con la medalla de oro del Instituto Nacional de las Artes y las Letras de Estados Unidos.

Muy respetada en su momento, cultivó con éxito todos los géneros destacando siempre su estilo por una aguda crítica social, frecuentemente disfrazada de ironía, hacia esa clase alta americana de finales del S. XIX de la que ella misma formaba parte y cuyos prejuicios tan bien conocía. Continuar leyendo «Wharton, Edith: Los niños»

En las arenas del Sáhara

 

Un ruido sordo en el motor lo puso sobre aviso. Algo no iba bien. El avión vibraba, se estremecía, se inclinaba a izquierda y derecha sin control. Perdía altura a gran velocidad e iba a estrellarse de un momento a otro. No lograba enderezar el rumbo.

Desabrochó nervioso el cinturón que lo ataba al asiento del aparato, abrió el cristal de la carlinga y saltó al vacío. Cayó despacio sobre un inmenso océano amarillo, sin dunas, sin oasis, sin lugar alguno hacia el que caminar. Estaba preso del desierto, aislado del mundo, abandonado a su suerte.

Un torbellino de arena lo cegó un instante y la melancolía invadió su alma. Cerró los ojos con fuerza y al abrirlos la sorpresa lo dejó sin respiración. Continuar leyendo «En las arenas del Sáhara»