
Un pequeño texto autobiográfico era el único requisito del concurso. «Nada complicado», pensé y, con un evidente y quizá algo temerario exceso de optimismo, acepté el reto. Desordenadas y vertiginosas, breves fotogramas de una película sin trama ni guión, una secuencia de imágenes perdida hacía mucho entre los pliegues de mi memoria, extraviada por descuido en ese leve espacio que separa alma y corazón, asaltaba de pronto, casi casi a traición, mi mente por sorpresa y de puntillas, a un cruel abismo de añoranza sin remedio la asomaba: días lejanos de escuela; largos, lentos y perezosos veranos; lecturas cómplices o embusteras; noches sin dormir; amigos, viajes, estudios, amores… Alegrías, derrotas, sueños y penas.
Pero pasaba el tiempo, el plazo de entrega −tictac, tictac− corría y ni una sola letra tintaba de negro el blanco de aquella odiosa página a toda hora abierta en la pantalla de mi ordenador: intimidatoria, parpadeante, a la espera. Continuar leyendo «En blanco»