
Caía la noche y comenzaba a nevar cuando el peregrino divisó Compostela. Detenido frente a ella ─mentón sobre el cayado, melancolía en la mirada─ contempló un instante la ciudad. Los copos pintaban de blanco el paisaje, el viento azotaba los helechos y, a lo lejos, un familiar repique de campanas consolaba su espíritu. La silueta de la catedral, sobrecogedora en su inmensidad y su belleza, le daba la bienvenida.
Había llegado a las puertas de Santiago tantas veces…
Jamás, sin embargo, traspasaba su umbral.
Desde la distancia musitaba con fervor una oración, trazaba una señal de la cruz sobre su frente y empezaba enseguida a desandar lo recorrido.
Algo le impedía culminar el Camino. Continuar leyendo «El paje del camino»








