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Martín Gaite, Carmen: Caperucita en Manhattan

 

No se dice lo secreto, se cuenta

Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925–Madrid, 2000) fue una de las figuras más destacadas de la literatura española del siglo XX.  Mujer de letras, políglota, escritora de mirada lúcida y aguda sensibilidad hacia el mundo interior de sus personajes, su obra rozó todos los géneros: novela, ensayo, cuento, guión, teatro, poesía, crítica, traducción…, sin entenderlos nunca como compartimentos estancos, convirtiéndolo todo siempre en narración, ensayando nuevos puntos de observación sobre lo ya mirado muchas veces y creando al fin un conjunto coherente y unitario.

La extrañeza ante lo cotidiano, la búsqueda  de  interlocutor, el intento de dejar constancia del tiempo que se escapa, serán los temas que aborde de modo recurrente. También el de la libertad y la identidad personal.

Nacida en una familia burguesa (padre notario y abuelo catedrático) de ideas liberales, Carmen Martín Gaite creció en un ambiente propicio para el desarrollo intelectual y recibió una educación poco convencional para la época. Estudió Filosofía y Letras y Filología Románica en la Universidad de Salamanca, completó estudios en Coímbra y Cannes e inició tras ello en Madrid un proyecto de tesis doctoral sobre el barroco que dejó inconcluso (lo retomará años después) por «meterse a novelista», expresión habitual en ella al referirse a su profesión que muestra su gusto por las locuciones comunes. El amplio conocimiento de esta época sí que ejercería luego sin embargo una clara influencia sobre su escritura. Continuar leyendo «Martín Gaite, Carmen: Caperucita en Manhattan»

El corazón de la magia

 

Cada fracaso enseña al hombre algo que necesitaba aprender

Charles  Dickens

Todo estaba preparado. La convención de magos iba a comenzar. Cada año, el pequeño pueblo de Brumavieja acogía el certamen de magia más importante de la región. El más esperado también. Durante tres días, sus calles se llenaban de destellos violeta, el sabor de la sopa que servían las posadas cambiaba a cada cucharada y un aroma a pergamino y pociones milenarias impregnaba el aire. Ningún brujo de renombre faltaba a la cita: magos de túnicas formidables, hechiceras de mirada severa, alquimistas de mente inquieta, entre quienes de cuando en cuando se mezclaban aprendices o ilusionistas con aires de grandeza.

Así, entre tan ilustres asistentes, había en aquella ocasión un joven llamado Noah, más conocido en el mundillo por Noah el Torpe. El apodo lo mortificaba porque él no era un mal mago, al contrario: tenía imaginación y un entusiasmo contagioso, pero… Bueno, por algún motivo sus hechizos nunca salían como debían. Si invocaba un ave fénix aparecía un pollo desplumado, si pretendía hacer levitar una pluma los gatos salían volando, si soplaba polvos mágicos sobre un encantamiento las flores perdían sus pétalos. Pequeños desastres que no lo desanimaban. Convertirse en un gran mago era su sueño y algún día lo iba a conseguir. «De los errores se aprende», era el lema que murmuraba en silencio una y otra vez, inasequible al desaliento. Tropezar era inevitable y él nunca se rendía. Si metía la pata reparaba el estropicio y listo. La magia era algo extraordinario y por eso tan difícil de controlar, había que tenerlo en cuenta. Continuar leyendo «El corazón de la magia»

Wharton, Edith: El arrecife

 

Acabó resignándose a la idea de que la «vida real» ni era real ni era vida

Autora de obras maestras como La edad de la inocencia (premio Pulitzer 1921) o La casa de la alegría, Edith Wharton (1862-1937) es una de las figuras más destacadas de la literatura americana del S.XX. Una escritora crítica e incisiva, capaz de dejar al descubierto los prejuicios y contradicciones de una alta sociedad a la que ella misma pertenecía y a la que pese a ello no dudó en desafiar. Pionera en abordar temas como la lucha entre deseo personal y normas sociales, el conflicto de clases o el papel de la mujer en una época que ya presagiaba grandes cambios, Wharton combina con gran habilidad la hondura psicológica de sus tramas con cierto lirismo narrativo y una riqueza de detalles que da testimonio de un tiempo y un mundo que se extingue.

Publicada en 1912, El arrecife es buena prueba de ello, pese a no encontrarse entre sus novelas más conocidas. Una obra tremendamente introspectiva que mezcla intriga emocional y crítica social para mostrar lo dañino de determinadas dinámicas sociales y analizar los conflictos internos que ahogan a los personajes. Continuar leyendo «Wharton, Edith: El arrecife»

Hodgson Burnett, Frances: La formación de una marquesa

 

Una mujer cuyos trajes a medida deben durarle dos o tres años pronto aprende a protegerlos de las salpicaduras y a ayudar a conservar la forma de los pliegues.

Recordada como una de las autoras más destacadas de la literatura juvenil de final del S.XIX, el éxito de obras como El pequeño Lord o El jardín secreto, eclipsó injustamente la narrativa para adultos de Frances Hodgson Burnett (1849-1924). Una autora muy prolífica que comienza su andadura literaria con apenas dieciocho años vendiendo relatos a las revistas de la época para paliar el desamparo económico en que, tras emigrar de Inglaterra a Estados Unidos, la muerte del padre había dejado a la familia. Situación que marcaría profundamente su visión de la sociedad y la temática de sus historias. Continuar leyendo «Hodgson Burnett, Frances: La formación de una marquesa»

Las rutas del cielo

 

Alma adoraba las estrellas. Cada noche se dormía contemplándolas con la ventana  abierta y una sonrisa entre los labios. Orión, Casiopea, Andrómeda… el abuelo le había enseñado el nombre de todas las constelaciones y el modo de encontrarlas en la oscuridad. No solo eran puntos de luz, le decía asomándola a su viejo telescopio, eran historias, mapas antiguos dibujados sobre el firmamento que guardaban en secreto el sueño de  los hombres.

─ Mira, allá arriba, casi en el centro del cielo, está Polaris, la Estrella del Norte. Si alguna vez te pierdes, búscala, ella te ayudará  a recuperar el camino.

La niña seguía la dirección de su dedo con la imaginación disparada. Continuar leyendo «Las rutas del cielo»

Parades, Ovidio: Frances Farmer no murió en Seattle

 

La fragilidad siempre conduce  a la emoción y al miedo

Veinticuatro relatos con nombre de mujer. Veinticuatro historias entrelazadas donde los personajes saltan de una a otra, alternando papeles secundarios y protagonistas para armar un caleidoscopio de voces, un entramado de relaciones y circunstancias que muestran la complejidad de las relaciones humanas, reflexionan sobre el paso del tiempo o se detienen en pequeños momentos de  cotidianeidad que van mucho más allá de lo que aparentan.

Melancolía, pérdida, desamparo, rutinas, cansancio, frustraciones, incertidumbre, miedo, cicatrices…., recorren unos cuentos llenos de dulzura y sensibilidad donde arte y literatura aparecen siempre de fondo como tabla salvadora a la que agarrarse para no caer en el vacío. Continuar leyendo «Parades, Ovidio: Frances Farmer no murió en Seattle»

Polvo de estrellas

 

Había una vez un pueblito rodeado de montañas, un jardín de flores, una niña que vivía con su abuela y un cielo repleto de estrellas.

Cada noche, cuando ya empezaba a oscurecer, el jardín brillaba suavemente y la niña contemplaba el espectáculo asomada a su ventana.

─ ¡Abuela, mira! ¡Ya vienen las estrellas a dormir con nosotras!, palmoteaba con ganas al descubrir los reflejos que su luz dibujaba en el cristal, justo antes de acostarse.

No eran luciérnagas ni reflejos de luna, comenzaba entonces la abuela su cuento, la historia que cada noche sin falta reclamaba la pequeña. Su jardín, decía con gesto de misterio, era un puente que unía tierra y cielo. En él las estrellas velaban sus sueños hasta que el sol las relevaba en su guardia para pintar de colores la luz del amanecer.

«Dulces sueños, mi vida», la arropaba con un beso la mujer, cuando ya la niña se dormía.

Y así, entre juegos y cuentos, abuela y nieta pasaban los días.

Hasta que una mañana…. Continuar leyendo «Polvo de estrellas»

Faye, Gaël: El jacarandá

 

La posibilidad a pesar de todo de la vida y la belleza

Milan, el protagonista de esta historia, es un niño de padre francés y madre ruandesa que en la primavera de 1994 se ve sacudido por las imágenes que muestra la televisión sobre el genocidio de Ruanda, país que su madre abandonó veinte años atrás y del que nunca ha vuelto a hablar. También ahora guarda silencio frente al horror, incluso tras acoger en casa al pequeño Claude, un primo ruandés que llega terriblemente herido, tanto física como emocionalmente, y deja al cuidado de Milan sin más explicación. Esa situación marcará inevitablemente un punto de inflexión en la vida del muchacho, lo hará conectar con un dolor que no comprende y lo enfrentará a la necesidad de romper el muro de silencio construido por la madre. Continuar leyendo «Faye, Gaël: El jacarandá»

Impaciencia

 

«Deprisa, deprisa, más deprisa…» La cola no se movía y Claudio se desesperaba. No toleraba los tiempos muertos. La espera lo superaba, no podía evitarlo. Se retorcía las manos, miraba su reloj, carraspeaba con insistencia. Su relación con el tiempo era complicada. Siempre lo había sido. Desde niño. «¿Falta mucho? ─preguntaba a su padre bien pequeño nada más subirse al coche camino del colegio─, ¿ya llegamos?, ¡deprisa, papá, más deprisa!». Lo consumía la impaciencia. Si ponía agua a hervir miraba cada dos segundos si ya burbujeaba, si pedía comida a domicilio llamaba al repartidor cinco minutos después, si hacía ejercicio en el gimnasio contemplaba su cuerpo en el espejo esperando notar nuevos músculos de inmediato. Perder tiempo era perder vida. La prisa era su motor y su condena.

Y ahora, aquella larga fila en el banco lo tenía al borde del colapso. Continuar leyendo «Impaciencia»

Autorretrato

 

Mi tiempo se acaba. Respiro recuerdos y mi alma está rota. Apenas reconozco mi cara en el espejo. Mi piel es un mapa de surcos y sombras, la fatiga entorna mis ojos y la huella de la ausencia gravita en torno a mí. Todo lo tuve y todo lo perdí. Visité palacios, alterné con duques y princesas, derroché en caprichos mi fortuna. Conocí el amor y fui feliz, pero… La vida, implacable como suele, reclamó su precio y bien pronto vino la muerte a llevarse mi alegría. Saskia, Titus, Cornelia… conjuro a cada trazo sus nombres frente al lienzo. Su memoria araña mi garganta, trampea soledades y calma el desconsuelo. Siguen en mí. Están aquí aunque nadie lo sepa. ¡Qué desolación enterrar esposa e hijos!, ¡qué dolor tan innombrable!, ¡qué pena tan honda y tan inmensa! Todo lo que amé me fue arrancado. Solo permanece la pintura y solo ella acompaña mi tristeza. Cada pincelada es una  herida abierta, una confesión, el eco de un éxito olvidado. Y aunque nada queda de la gloria  ─Ronda de noche, Lección de anatomía… ¡qué lejano todo ya!─, sigo buscando la luz en la tiniebla. Tiembla mi mano, estoy viejo y cansado, pero… Siempre al sufrimiento lo vence la belleza. Continuar leyendo «Autorretrato»