Espejismos

 

Un reloj sin péndulo, un violín sin cuerdas, fotografías arañadas de olvido… Ana vagabundeaba por la tienda a la espera de que amainase la tormenta, acariciaba los objetos, examinaba las vitrinas, ojeaba algún libro de cubierta llamativa. La lluvia la había obligado a refugiarse en aquel bazar de antigüedades en el que nunca antes se había fijado y ahora recorría sus pasillos con un chispazo de curiosidad, tan lleno todo de muebles, cachivaches y rarezas. El aire olía a madera y cuero envejecido, las tablas del suelo crujían a su paso y los estantes acumulaban polvo y descuido. Pero la estancia era confortable e imperaba en su ambiente una dulce intimidad.

Un espejo de forma ovalada y ribetes de plata llamó de pronto su atención en medio del desorden. De niña jugaba en casa de la abuela con uno parecido, recordó al descubrirlo sobre un tocador. «Espejito, espejito…», parodiaban entre risas a la madrastra del cuento con aspavientos de villana. ¡Ay! Un pellizco de nostalgia la llevó a buscar al dependiente y con ojos brillantes de entusiasmo decidió comprarlo. Continuar leyendo «Espejismos»

Leyenda urbana

 

El anonimato era su mejor arma. La madrugada su cómplice. Farolas y adoquines sus testigos. Todos sabían de sus actos pero nadie lo había visto jamás. Aparecía como un fantasma en la ciudad dormida. Una silueta encapuchada, casi un espejismo reflejado en callejones oscuros, que al amanecer se desvanecía. Huía de los focos, un pseudónimo disfrazaba su nombre y su rostro era un enigma. Era invisible. Una  sombra. Una leyenda.

Los muros habían sido continuamente su obsesión. Lo atraían con la fuerza de un imán. Desde siempre. Desde niño. Ejercían sobre él una fascinación inexplicable, un hechizo que despertaba sin aviso su instinto de francotirador justiciero. Los elegía con mimo y al descubrir uno de su gusto lo atravesaba un flechazo repentino. Acariciaba sus capas de pintura desconchada, las cicatrices de sus grietas, la herida que en ellos había dejado el olvido. Los engranajes de su mente comenzaban entonces a girar y ponían en marcha el ritual. Continuar leyendo «Leyenda urbana»

El secreto de la felicidad

 

El despertador sonó a las siete en punto, como cada mañana. Clara lo apagó con un suspiro y clavó los ojos en el techo sin ganas de moverse, pero ya repasaba en su mente las tareas del día: preparar el desayuno, dejar a Jaime en el colegio, responder correos, terminar el informe que dejó a medias la noche anterior, mantener la compostura en la reunión de empresa…

Se levantó y se arregló sin apenas mirarse al espejo. Despertó al niño, le hizo la cama, lo ayudó a vestirse y revisó su mochila. En la cocina, su marido untaba mermelada en las tostadas. Desayunaron juntos y se pusieron en marcha.

De camino al trabajo, parada ante un semáforo en rojo, una frase en la radio la dejó sin aliento. Había oído cosas parecidas en infinidad de ocasiones pero, por algún motivo, en aquel momento, su corazón latió diferente. Continuar leyendo «El secreto de la felicidad»

Bitácoras a la deriva

 

«¡Cuánta belleza en la tristeza! Aroma de añoranza. Olor a salitre. Presagio de tormenta. Firmado: Mareas del Norte». Laura releyó el comentario con una rara mezcla de emoción y desconcierto. Llevaba meses escribiendo Latidos urbanos, un humilde blog perdido en la inmensidad de la red donde a modo de diario volcaba momentos de su vida en Buenos Aires: paseos por San Telmo, conversaciones robadas en cafés, librerías con encanto, cine clásico (mejor en blanco y negro) sorprendido en algún canal de madrugada. Pequeñas instantáneas que traslucían ilusiones, también a veces decepciones, y ordenaban sus días. Mensajes en una botella lanzados al océano digital; a aquel universo extraño, anónimo e inabarcable, donde  poco a poco había encontrado su lugar. Le gustaba imaginar sus palabras flotando a la deriva, navegando hacia un puerto amigo que las acogiera con cariño.

Porque, sí, Laura era una romántica incurable. Continuar leyendo «Bitácoras a la deriva»

Diez minutos

 

«Toc-toc-toc, toc-toc-toc», taconeaba impaciente a la puerta del café. Revisó el móvil por enésima vez y comprobó la hora en el reloj. «Llego en diez minutos», había escrito Jorge hacía exactamente treinta y siete minutos y quince segundos. Siempre igual, pensó Marina, notando cómo el enfado hervía en su interior. Diez minutos que se expandían como un agujero negro: veinte, treinta, cincuenta, lo que hiciera falta.  Luego él aparecía como un vendaval: una sonrisa, un beso, un «Marina, cariño, no te enfades, ha surgido un imprevisto» y… hasta la próxima vez.

Entró en la cafetería, pidió un ristretto tan negro como su humor y trató de ordenar sus pensamientos. Aquello era intolerable, parecía que su tiempo no importara y no iba a aguantarlo más. Continuar leyendo «Diez minutos»

Tiempo relativo

 

¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta lo sé pero si trato de explicárselo a quien me lo pregunta no lo sé.

San Agustín

El viejo reloj marcaba los segundos con su leve crepitar. «Tic-tac, tic-tac ─repetía monótono─, tic-tac, tic-tac…». A la tenue luz del alba un sueño cruzó de puntillas la ventana, rozó la frente del hombre que dormía y revoloteó un instante sobre él. «Yo soy el tiempo ─murmuró junto a su oído─ Tú eres yo y yo soy tú. Pasado, presente, futuro… nada son. Todos somos desde siempre parte del tiempo y de todos fue siempre parte el tiempo».

Hacía días que una intuición rondaba su mente. Un anciano le hablaba en sueños del tiempo y sus secretos, pero al despertar la magia se esfumaba y la idea se perdía.

«El futuro de hoy será presente mañana, el presente de hoy será pasado mañana…». Continuar leyendo «Tiempo relativo»

Cena para dos

 

Los últimos comensales abandonan el restaurante entre carcajadas y gestos cómplices. «Buenas noches», «gracias», «hasta la próxima»…,  los despide Manuel con una sonrisa cansada. Cierra la puerta con un giro de llave, baja a medias la persiana y comienza a recoger los restos esparcidos por las mesas. Un mundo de historias y sabores flota en el aire. Una nube de alegrías, ilusiones, expectativas… ¡Cuántos secretos guarda ese local!, suspira con una torre de platos bailando entre sus manos de equilibrista. Ordena con esmero copas y cubiertos, conecta el lavavajillas, apaga las luces y vuelve a la sala ahora en penumbra. Solo un pequeño rincón permanece alumbrado a la llama de dos velas. Una cubitera con champán, servicio para dos, estrépito de latidos en su corazón. Nadie ocupa nunca ese lugar. Es su refugio. Su esperanza. Allí se sienta cada madrugada con un quejido ahogado en la garganta. Pierde la mirada en el cristal de la ventana, noche tras noche la aguarda. Ella prometió que volvería, pero… ¿Por qué no regresa? Continuar leyendo «Cena para dos»

Infiltrado

 

¿Sabes? Yo tengo una historia que tú no conoces. Que ni siquiera imaginas porque apenas me ves. Tu ceguera me atraviesa con desprecio y tu indiferencia me convierte en nada: una cifra, un despojo, un ilegal. Alguien sin origen ni identidad. Me culpas por ansiar la vida que tú tienes, por tratar de huir del dolor y la pobreza. Nunca piensas que quizá un mal día podrías estar en mi lugar. He dejado atrás mi tierra, he visto los ojos de la muerte y el daño incalculable que provoca la maldad. He llorado, amado, soñado… Y esos sueños, también el poder de la esperanza, me trajeron hasta aquí.

Llegué de un lugar donde el aire quema y las estrellas brillan como faros en la noche, donde el sol abrasa y la escasez mata el futuro. Crecí imaginando el mundo más allá del océano y el deseo de cruzarlo se hizo tan grande que venció todos mis miedos. Al otro lado de las olas estaba el paraíso y yo quería alcanzarlo. Así comenzó mi ruta. Un camino de pesadilla tan lleno de peligros que el recuerdo mortificará por siempre mis insomnios. Continuar leyendo «Infiltrado»

La voz de la conciencia

 

Trazó la señal de la cruz sobre su frente y una oración sacudió sus labios. Las  manos le temblaban, el corazón le latía enloquecido y el miedo se anudaba a su garganta. Fuera de la cabaña rugía la galerna. El cielo relampagueaba con violencia, el viento aullaba entre los árboles y el mundo parecía quebrarse envuelto en la tiniebla. La tempestad no daba tregua, pero… No eran truenos lo que retumbaba tras la puerta. Dos golpes sordos, un aroma a incienso y flores secas… Puntuales a la cita, regresaban sus fantasmas. La oscuridad lo cercaba, la notaba sobre él y esa cercanía arrugaba el alma del anciano. El fuego de la chimenea se apagó de golpe y un escalofrío helado recorrió su espalda. Retrocedió dos pasos. El suelo crujió bajo sus pies y una voz pronunció su nombre… «Afronta tus pecados ─murmuró inflexible─, hora es de saldar cuentas». «¡Piedad!», pudo apenas suplicar el hombre enfrentado a su conciencia. Continuar leyendo «La voz de la conciencia»

Digital queen

 

Lo había logrado. Una legión de internautas acababa de encumbrarla reina de las redes. La estrella más brillante, la más bonita, la más querida. ¡Cuánto lo había deseado y cuánto se había esforzado para conseguirlo! Desde niña su mundo había girado en torno a ello. Ambicionaba fama y reconocimiento, ser alguien especial, y pronto Instagram, TikTok, Youtube… no tuvieron ningún secreto para ella. Había estudiado con detalle cada movimiento de sus ídolos, copiaba estrategias, analizaba perspectivas, revisaba sus publicaciones una y otra y otra vez hasta dar con la clave de un éxito que al fin ahora había caído rendido a sus pies. Cada imagen compartida era una obra de arte pensada al milímetro, escenas perfectas que mostraban una vida inexistente. Los vídeos, pequeñas píldoras de cotidianeidad planificadas con esmero, se viralizaban al instante por su alegría contagiosa y aparente desenfado. Sus seguidores se multiplicaban por minutos, las firmas desesperaban por ficharla y el universo digital la idolatraba sin medida. Objetivo cumplido. Era su momento. Y sin embargo… ¿Por qué no conseguía sentirse satisfecha? ¿Qué era ese vacío que notaba en el centro mismo del pecho? ¿Ese agujero que a golpe de likes parecía ensancharse cada día más y más? Continuar leyendo «Digital queen»