Feliz Navidad

 

Faltaban dos días para Navidad y Berta aún no había escrito su carta. Ya era una niña grande y conocía el secreto de Papá Noel. Lo había descubierto por casualidad y todo había sido culpa de Guille. Un año atrás, la tarde que estaban decorando el árbol, su hermano se empeñó en jugar al escondite y, aunque a ella no le apetecía  nada, el crío se puso tan pesado que, antes de darse cuenta, habían abandonado los adornos sobre el suelo y se había encontrado metida dentro de un armario atiborrado de juguetes.

 Al principio no lo entendió. ¿Qué era aquello? ¿Qué hacían todos esos regalos escondidos tras los abrigos de mamá? ¿Quién los había llevado hasta allí? Salió de su escondrijo sin hacer ruido, sorprendida y algo asustada; cerró la puerta del armario con cuidado y, junto al montón de dudas que rugía en su cabeza, se metió  bajo la cama a esperar a que el niño la encontrara. Continuar leyendo «Feliz Navidad»

Autorretrato

 

Alguien más listo o más valiente dejaría de beber. Tengo un problema con el alcohol, no lo niego, pero me aterra sufrir. Por eso bebo. Para  eludir la desesperación.

El Edelweis’ Club es mi refugio. El escondite donde guardo el desconsuelo. Su indolencia canalla, la complicidad sigilosa del barman, ese aire entre lánguido y decadente con que ganó una fama discreta, me abisma poco a poco en el ensueño y me rescata del dolor. Continuar leyendo «Autorretrato»

Leonora

 

No tuve tiempo de ser la musa de nadie. Estaba demasiado ocupada rebelándome contra mi familia y aprendiendo a ser una artista.

Leonora Carrington

«Nanny, nanny, ¿dónde estás? Nanny, ¡no me dejes sola! ¡Nannyyy…!»

 La angustia escapó de su garganta en un grito herido que la impulsó con fuerza hacia la realidad. Despertó desorientada, empapada en llanto y con el corazón encogido. Temblaba, apenas podía respirar y una expresión extraña retorcía sus facciones. Las pesadillas torturaban, inclementes, sus sueños, aumentaban la confusión de su cabeza y −crueles emisarias del pasado− la devolvían cada noche a sus peores miedos de infancia.

Se incorporó sobre la cama, secó de un manotazo las lágrimas que corrían por su rostro y trató de serenarse. «No ha sido más que un sueño, Leonora, tranquilízate», musitó con valentía. Sus visiones siempre habían sido aterradoras. Solo su nana cuando niña y luego la pintura exorcizaban sus demonios pero ahora… Hacía ya tantos años que no podía pintar… El pincel tiritaba entre sus manos, sus ojos desdibujaban colores y formas, la mente se le enredaba en la nostalgia y su cuerpo entero traicionaba una pasión. Continuar leyendo «Leonora»

Fugitivas

 

«Ya estoy en casaaaa…»

El redoble de un trueno en los cristales la sacó del sueño y rompió la pesadilla.

«Lauraaaa, Cristinaaaa…»

Despertó sobresaltada, presa del pánico y empapada en sudor.

 «Niñaaas…»

Secó de un manotazo las lágrimas que corrían por su rostro y trató de serenarse. Si tan solo lograra extirpar aquella maldita voz de su mente… Continuar leyendo «Fugitivas»

Fantasmas contra el alba

 

Amanece. La cenicienta luz del alba quiebra poco a poco la negrura de la noche y una sombra de sonrisa rompe un instante la mueca de sus labios. La esperanza combate a muerte contra el miedo, una lágrima tirita en sus pestañas y un redoble de tambor resuena atronador entre su pecho. Debe ser valiente, lo sabe, pero está tan asustada…

Agarra con fuerza la mano de su padre y pregunta de nuevo:

⸺¿Seguro que llegaremos pronto, papá?

⸺Claro, cariño −traga el hombre el desconsuelo anudado a su garganta y le guiña un ojo− muy pronto, ya lo verás.

Una madre acuna con dulzura a su bebé. Las siluetas de diez hombres aterrados se recortan a la tenue luz de la mañana. El borde del bote de goma cabecea entre las olas y a punto está de zozobrar. Aún no hay tierra a la vista. Continuar leyendo «Fantasmas contra el alba»

Peces muertos

 

El sol brillaba con fuerza, las hojas de los árboles tiritaban al ritmo del viento y un alegre coro de grillos y mirlos saludaba la mañana. Con un cigarrillo entre los labios y precisión de matemático, el abuelo calibraba la ribera. Las aguas del río se mecían al compás de nuestros remos, nubes de polen amarillo culebreaban sobre ellas y el aire arrastraba aromas de espliego y hierbabuena. Al fin, al hallar un tramo de su gusto, él frenaba poco a poco nuestro avance, asentía satisfecho y, sin una palabra, hermético y taciturno como era, comenzaba a preparar el aparejo: sacaba los gusanos de la lata, los enganchaba a la caña como cebo y me la entregaba luego con un guiño, en un tozudo empeño de contagiar al nieto una pizca de ilusión por el oficio. Todos  los veranos cumplíamos con esmero aquella tradición: ensimismado el hombre en el proceso; rezando el niño en secreto por no sentir un tirón en el sedal. Continuar leyendo «Peces muertos»

En mi defensa

 

…Por encima de todo, no debo jugar a ser Dios

Juramento hipocrático

Orden, belleza, equilibrio, pureza…

Hubo un tiempo en que rozamos el cielo con los dedos. Un tiempo que huyó de la mediocridad y luchó por la excelencia, que fue mejor porque nosotros tomamos las riendas. Yo lo viví. Yo −último caballero de un reino sin corona− fui su artífice. Mi cuerpo decrépito mantiene intacta su memoria y no, de nada me arrepiento. No me atormenta lo que hice sino lo que dejé de hacer. Un orden superior, más allá del bien o del mal, justificó mis actos. A él me atuve. A mantenerlo destiné mi inteligencia y ofrecí mi lealtad.

¿De qué sirven culpa o remordimientos? No son más que absurdos desatinos. Insensateces que anidan en la mente de los débiles, que frenan el progreso de la humanidad y lo encharcan todo con su llanto.

Orden, belleza, equilibrio, pureza… Continuar leyendo «En mi defensa»

Corazón de rock´n roll

 

Se llamaba Silvia y tenía una banda de rock. Los niños morían por sus huesos, las niñas imitaban con descaro su aspecto de gótica displicente −ojos ahumados, melena azabache, piercings y botas de soldado, calaveras y tachuelas…−, las madres maldecían impotentes tan temible y fatal influencia.

Su voz desgarrada, sus provocaciones de artista transgresora, la rebeldía que apenas disfrazaba la adolescente fragilidad que aún hería su mirada, la convirtieron en estrella de la noche a la mañana. Las radios repetían sus canciones sin cesar, reporteros sin escrúpulos la acosaban inclementes, sus conciertos agotaban en minutos el aforo…

Hasta que, de pronto, un día, la supernova implosionó. Desapareció. Sin rastro. Sin explicación. Abandonó los focos y nadie volvió jamás a saber de la cantante.

«Una carrera truncada, otro juguete roto…», se especuló durante meses. Pero nuevas chicas ocuparon su lugar y, poco a poco, el mundo la olvidó.

A salvo ahora, tantos años después, de aquel extravío, Silvia sueña a veces ese tiempo. Los recuerdos resquebrajan entonces su coraza, rasgan su antifaz de ejecutiva y dejan en su rostro un surco amargo de melancolía. Rehuyó la fama por ganar la vida. No se arrepiente. Pero a veces… algunas veces…

 

 

 

Esta Noche Te Cuento

Catarsis

 

Alicia le contó su rabia de emigrante sin futuro. Alberto sus nostalgias de viejo solitario. Víctor confesó su miedo a los compañeros de colegio. Luisa a la ira de un hombre abandonado. Dorotea lloró sobre su hombro la traición de mil besos mentirosos. Ahmed maldijo la bravura de unas olas homicidas. Junto a Pedro descubrió el vértigo de los días sin empleo. Con Sonia paseó desilusiones por callejas sin salida. Teresa le asomó al dolor de la pobreza. Mateo habló de alcoholismo y soledades… Continuar leyendo «Catarsis»

Crimen de germanía

 

El poder cree que las convulsiones de sus víctimas son de ingratitud

Rabindranath Tagore

Las campanas de la catedral tañen al toque de maitines. Pronto amanecerá. Las horas se arrastran lentas y el alba apenas todavía rasga la penumbra. Aislado en su mazmorra, con la sola compañía de sus oraciones y el escalofriante arañar de las ratas sobre la paja del jergón que por unas horas ha acogido su reposo, Mosen Joan ha pasado la noche en vela, fija la mirada en el ínfimo rayo de luz que por el ventanuco de su celda con intermitencias se filtraba, inquieto por los gritos y lamentos que tras rejas y paredes presentía, atento al miedo y la desesperación de sus compañeros de infortunio, al turbador murmullo de los operarios que, al otro lado del muro, despreocupados e inmisericordes, durante toda la madrugada prepararon el cadalso. Su ánimo ahora está sereno pero no se engaña, no duda de su suerte. Aquí, en la insigne y muy noble ciudad de Valencia, este nueve de agosto del Año del Señor de 1524 concluye su vida. Nunca para el crimen de germanía −y de ello una oscura conspiración lo acusa− hubo clemencia. Jamás ante tan horrible infamia mostró piedad la virreina. Él sabe que va a morir. Sabe también que el trance no será indoloro y eso le asusta. Pero su alma está en paz y a Dios la fía. Continuar leyendo «Crimen de germanía»