
Es la plaga del tiempo en que los locos guían a los ciegos
El rey Lear (William Shakespeare)
El rey había enloquecido. El poder se había filtrado en su mente como un veneno y hacía de su voluntad mandato. En otro tiempo ─contaban las crónicas─, había sido un hombre justo y compasivo pero la Gran Batalla torció su espíritu. Cuando en una sola campaña su ejército derrotó de golpe al de todas las comarcas circundantes, una idea brotó repentina en su cabeza: no era su destino regir un solo reino sino gobernar el mundo entero.
Aquella revelación, peligrosa como pocas, comenzó a obsesionarle, destruyó en su alma cualquier atisbo de bondad y lo condujo hacia el abismo. Acabó por aislarle y lo enfermó de soberbia en su delirio.
Encerrado durante horas en el salón del trono, pronto ordenó recubrirlo de oro y gemas y allí, como un rey Midas rodeado de tesoros, estudiaba sus mapas, marcaba territorios, colocaba su estandarte en los que aún no le rendían vasallaje y una sonrisa de hielo asomaba a sus labios al imaginarse emperador del mundo.
Su voz se volvió dura y cortante y cualquier consejo que contradijera sus afanes era tomado por traición.
─ El planeta necesita un solo rey ─proclamó una noche con el rostro ardiendo de ambición─. Y ese rey soy yo.
Los magos del reino se reunieron en cónclave. Deliberaban espantados como frenar al soberano sin provocar un desastre mayor, pero el poder del trono parecía haberse fundido con su mente, alimentando sus deseos más oscuros. Nunca habían visto nada igual. Los augurios hablaban de una sombra nacida del orgullo y ningún hechizo funcionaba contra aquella maldición.
─ Si intentamos detenerlo por la fuerza desatará una guerra que arrasará con todo ─advirtió el brujo más anciano─. Su voluntad es ya más fuerte que nuestros conjuros.
Trataron de advertirle hablándole de imperios derrotados bajo el peso de su propia voracidad, pero él se limitó a clamar con voz de trueno:
─ La magia debe servir al trono. Y el trono debe regir el mundo.
Y continuó su conquista.
Las ciudades ardían, las gentes le juraban por miedo lealtad y el cielo se volvía más oscuro a cada nueva victoria.
Divididos entre el miedo ─algunos habían sido encarcelados, otros expulsados al exilio, todos sujetos a vigilancia─ y el deber, los magos seguían buscando una chispa de esperanza.
─ No logramos detenerlo porque él no se cree un tirano ─musitó en algún momento uno de ellos─. Se cree un salvador.
La terrible verdad cayó a plomo sobre el cónclave: no existía hechizo capaz de frenar a un hombre convencido de que su locura era justicia.
Nada podían hacer más que proteger lo poco que aún no había sido corrompido.
Y esperar…
Porque hasta los reyes más locos caen ─todos lo sabían─, aunque el mundo queda herido siempre tras su paso.

