
Lo mejor de estar enferma eran los cuentos del abuelo. Nadia llevaba una semana en cama con fiebre. Una gripe traidora que pescó por desobediente un día de lluvia ─mamá no la dejaba salir de casa esos días y ella se escabulló sin permiso─ la había confinado a la soledad de su habitación. Solo Nina, el robot enfermera a cargo de vigilar su estado, tenía permiso para entrar a verla. Tres veces al día, la androide medía su temperatura, comprobaba las constantes de la niña y enviaba a la madre un informe detallado sobre su evolución. Los hologramas de mamá y papá también la acompañaban de vez en cuando. Flotaban unos minutos en el aire, contaban algo divertido de su día y le soplaban luego un beso con un guiño. No era lo mismo que tenerlos de verdad pero… debía conformarse. Los virus no resultaban peligrosos en los niños, sí en los adultos. Para ellos las consecuencias podían ser fatales y el riesgo de contagio, incluso respecto a los más inofensivos, era inquietante. Nadia lo sabía y aceptó sin rechistar las consecuencias de su pequeña travesura. Fue un impulso irresistible. La calle parecía un espejo de cristal entre los charcos, el aire olía a tierra mojada, el cielo coloreado de azul oscuro… Era tan rara la lluvia en los últimos tiempos que la niña no lo pensó dos veces. Salió corriendo, desabrigada y sin paraguas, se caló hasta la médula de los huesos y esa misma noche comenzó el concierto de estornudos. Nina detectó el virus de inmediato, dio la señal de alarma y una semana después allí seguía Nadia: aislada en su cuarto, enfurruñada con esa humanoide mandona y antipática que tenía por guardiana. Aunque, bueno, para ser justa también algo había salido ganando y no era cuestión de quejarse. Durante todo aquel montón de días se había librado de las clases de Bob, el androide profesor que tenía asignado. Nadia era una niña lista pero odiaba estudiar. Física, matemáticas, programación… la aburrían soberanamente. Ella se ensimismaba con la historia de los tiempos antiguos, le encantaba dibujar y a la menor oportunidad dejaba volar su imaginación. Pero sus test cerebrales habían revelado una enorme capacidad para las ciencias y todo su programa educativo giraba en torno a ello. Cada persona recibía los conocimientos más adecuados a su inteligencia, individualizados y adaptados a su ritmo de aprendizaje. Y esa era la misión de Bob: transmitir a la niña todos los saberes necesarios para convertirla en la mejor científica posible.
Por eso los cuentos del abuelo le gustaban tanto, un pequeño secreto que rompía la rutina con aires de diablura. Cada tarde, el hombre abría despacito la puerta de su habitación, arrastraba una butaca hasta la cama de la niña y con gesto cómplice comenzaba su historia. Princesas, dragones, aventureros, piratas… la trasladaban a un mundo que solo ellos habitaban. Luego, antes de que Nina entrara termómetro en ristre, el abuelo se marchaba para no ser descubierto. Él no temía a los virus ─decía─ por alguna razón no lo atacaban, pero la regañina de mamá si se enteraba, ¡ay!, eso era otro cantar.
─¡Qué rollo, abuelo! ─se quejó la niña una de esas tardes─ Nina dice que ya estoy buena y que puedo levantarme.
─¡Vaya, vaya! ─exclamó el anciano con fingido desconcierto─ ¡Pero si eso era lo que tú querías! ¡Si no parabas de decirme lo harta que estabas de pasar sola todo el día!
─Yaaa… Pero es que Bob tiene un montonazo de deberes preparados y las clases me aburren taaanto…
El desolado mohín que curvó los labios de Nadia hizo sonreír al abuelo.
─A mí también me aburría mucho la escuela ─trató de consolarla con un guiño─. Bueno, no la escuela: las clases. Las matemáticas, sobre todo. ¡No sabes lo mal que se me daban!
─¿En serio? ¡No te creo! ¡Con lo listo que tú eres!
─Fatal. No me gustaban nada. No las entendía. Pero siempre había algún compañero que me ayudaba y al final lograba pasar los exámenes con nota.
Un gesto de asombro asomó a los ojos de Nadia pero no lo interrumpió, apoyó la barbilla entre las manos y continuó escuchando.
─Y en realidad las mates eran lo de menos. Enseguida llegaba la hora del recreo, salíamos al patio y ¡menudos campeonatos hacíamos! Fútbol, baloncesto, torneos de canicas… ¡Qué bien lo pasábamos!
─¡Venga ya, abuelo! ─palmoteó al fin la chiquilla retorciéndose de risa─ ¡No me tomes el pelo! ¿Un montón de niños estudiando juntos en el mismo edificio?, ¿aprendiendo todos lo mismo al mismo tiempo?, ¿sin especialización personal y con un patio para jugar entre clases? ¡Si ya solo falta que me digas que tus maestros eran personas!
Mención honorífica certamen diciembre 2022 «El Tintero de Oro»
Relato publicado en la revista «Escribiendo a hombros de gigantes» de El Tintero de Oro (mayo 2023) y en la antología Sospechosos de la tinta (diciembre 2023).



