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Heridas de amor

 

La escena era tan perfecta que no parecía real. Un fotograma cándido y almibarado de aquellos melodramas tan de moda en los años cincuenta, tan trágicos y tan románticos, que a los dos nos cautivaban sin remedio (sí, también a mí, lo reconozco, aunque siempre renegara un poco cuando tú elegías la película e inútilmente −bien lo sé− tratara de mantener mi pose de tipo duro e insensible): la cabaña de madera, acogedora y cálida como un cuento infantil, el alegre crepitar de las llamas en la chimenea, la nieve luminosa, mágica y bella, cómplice al otro lado del cristal aislándonos lentamente del mundo, tú y yo… Sombras del pasado, pícaras y burlonas,  asaltan de improviso mis noches. Duele tu recuerdo, hace tanto tiempo ya convertido en nostalgia, duele mi soledad, duele la infinita tristeza que, desde que tú no estás, habita mi alma. Y a  veces −sólo a veces− por un momento casi creo poder de nuevo alcanzarte. Apareces entonces frente a mí, el aroma de tu perfume −eco lejano de un tiempo antiguo y más feliz− por completo me hipnotiza, extiendo hacia ti mis manos, intento rozar tu rostro, en mi memoria para siempre detenido… y, de golpe, en humo te deshaces. Sueño contigo. El mundo entonces un instante se ilumina. Insoportable desconsuelo al despertar. Sucedió que soñé que sonreías. Sucedió que en sueños fui feliz. Continuar leyendo «Heridas de amor»

Gritos ahogados

 

Flota en el aire una cierta inquietud. La noche, cargada de oscuros presagios, se desploma triste sobre el mundo. Hace frío y tengo miedo, mucho miedo, tanto como nunca hubiera podido imaginar, mucho más. Perdida en medio de esta multitud desconocida que se agita nerviosa e inquieta, temerosa de que el amanecer ponga punto final a su triste peregrinar, me siento de pronto tan sola, tan pequeña, tan desamparada… Un dolor inmenso atraviesa mi alma y en mil pedazos diminutos la rompe. No puedo dormir, tampoco llorar. Escribo para no enloquecer. El destello triste y furioso, cómplice y desesperanzado de una estrella solitaria me acompaña y por un instante ilumina el desconsuelo de mi noche. Atrapada −siempre, una vez más− en el lado equivocado de la frontera, fantasma olvidado de cualquier guerra sin nombre, al mar inclemente que pronto ahogará mis sueños ruego en esta hora, como último consuelo, me acoja hospitalario en su fondo más oscuro y a la marea impida arrastrar mi cuerpo deshecho hacia la indiferencia del mundo. Continuar leyendo «Gritos ahogados»

Amor ignífugo

 

Cuando se prendieron las cortinas de la cocina nadie sospechó que aquello no era un accidente aunque, pensándolo bien, puede que a la mirada de mamá ya entonces asomara la sombra de una duda. Difícil siempre engatusarla… La cocina sólo fue el principio y, sí, reconozco que el asunto se me fue ligeramente de las manos. Una tras otra ardieron todas las habitaciones de la casa y ahora estos espeluznantes matasanos me rodean curiosos y hablan de instintos suicidas y pirómanos. ¡Criaturas ignorantes!. Nada saben de amor… Si lo hubieran visto batirse por  mí contra las llamas… Tal vez yo debiera explicárselo pero, ¡ay!, me da tanta vergüenza… Continuar leyendo «Amor ignífugo»

Encrucijada

 

El masajista no tardó en reconocer aquel lunar bajo la nuca y cuando lo hizo un escalofrío recorrió su cuerpo. La memoria de un tiempo antiguo, doloroso y oscuro, un tiempo que durante toda una vida quiso olvidar, lo asaltó de golpe. Supo en ese momento que la suerte estaba echada y un cansancio infinito que tal vez fuera resignación, tal vez alivio por haber de afrontar al fin lo que siempre y tanto temió, fue lo único que sintió. Años eternos de espanto infantil, chispazos de horror revividos en un instante mientras sus manos, siempre asépticas y profesionales, luchaban ahora contra aquella pulsión irrefrenable sobre la piel del mismísimo diablo. Continuar leyendo «Encrucijada»

Confesión

 

He matado a un hombre. Otro. Uno más. Hace exactamente dos horas y diecisiete minutos. No ha sido el único, ya digo. Hubo otros antes. Muchos. Siempre con premeditación y alevosía. A sangre fría. Así actúo. Lo confieso ahora sin dolor, sin culpa ni arrepentimiento. Y no busco perdón. Tampoco acallar mi conciencia. Sólo ocurre que por alguna extraña razón que ni yo misma del todo comprendo, sentí de pronto el impulso de contar lo sucedido. Quizá busque en el fondo −sí, todo es posible− algo de comprensión. Quién sabe.

Difícil, en cualquier caso, me resulta precisar con exactitud cuántos hombres murieron o quedaron, a lo largo de los años, malheridos por mi causa. Pero sé, y absoluta es mi certeza, que este último que tal vez ahora aún se debata entre la vida y la muerte, agonizante, sin todavía dar crédito (nunca lo hacen) a lo ocurrido,  no será el último. Continuar leyendo «Confesión»

¡Oh, cielos!

 

Sentado en su trono de nubes blanditas y algodonosas Júpiter, rey de todos los dioses que en el firmamento han sido, se aburría. Es tan larga la eternidad… Aquel día el Olimpo estaba mortalmente tranquilo. Nada requería su intervención y Juno, todavía enfurruñada por su último desliz, no le hacía ningún caso. Nunca es fácil el matrimonio, ya se sabe. Las ninfas son tan bellas, la seducción tan divertida… Y en este tema ni siquiera los dioses son una excepción. Así que, aburrido como estaba y sin saber muy bien en qué entretenerse, decidió romper la rutina de las horas ensayando sus poderes con los incautos mortales pero el juego, o mejor dicho los rayos que hace tanto tiempo para él forjó Vulcano, se le fueron imprevistamente de las manos… Bueno, ¡qué se le va a hacer! −se dijo− ya se me ocurrirá a quién responsabilizar de este pequeño desaguisado… De reojo mientras tanto y con una sonrisilla malévola entre las barbas observaba como, todavía lejanas, avanzaban hacia Roma las temibles huestes del rey de los hunos.

 

 

 

Viernes Creativos

Ilusionismo

 

Por fin había llegado el día. Durante semanas la prensa había anunciado a bombo y platillo el acontecimiento y en el ambiente flotaba una sensación extraña, mezcla de ilusión y nerviosismo. La sala estaba repleta. Hacía días que no quedaba un solo asiento libre y la expectación era máxima. Todos los presentes se sabían testigos afortunados de un momento único e irrepetible. Espectadores ansiosos por conocer los secretos que el mago más famoso de todos los tiempos había prometido desvelar precisamente sobre aquel escenario en la que probablemente, él mismo había dicho, sería la última función de su carrera.
      El telón se alzó al fin y el espectáculo comenzó. Los números se sucedían uno tras otro arrancando el aplauso encendido de un público entregado que levantó unánimemente las manos cuando el artista reclamó un voluntario para colaborar en su siguiente actuación. Una joven rubia y sonriente fue la elegida. Subió decidida al escenario y entre bromas y risas el mago la colocó frente a una diana diminuta preparándose para lanzar sobre ella el primero de los cinco sables que habrían de atravesarla, en medio de un silencio absoluto de respiraciones contenidas. Un instante después un grito inesperado, triste y brutal, rompió en mil pedazos la magia de la noche. Las luces se apagaron, el telón cayó de golpe y el ilusionista se volatilizó en el aire dejando tras de sí cientos de expresiones atónitas, incapaces de adivinar si lo allí sucedido fue sueño o realidad.

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Líneas paralelas

 

Como si de una plaga venenosa se tratara, el vértigo y  la culpa la paralizan implacables cada vez que enfrenta su mirada. Anhela un amor que ya  no siente. Se ahoga en la rutina de los días. Las palabras de ruptura hace tiempo que se agolpan en su mente pero, cobardes, nunca salen de sus labios. Es tarde. La niña duerme. «Ahora», piensa. Y, a punto de empezar a hablar, él se sienta junto a ella, la abraza con dulzura haciéndole recostar la cabeza sobre su hombro, enciende el televisor y susurra «el mejor momento del día…» sin notar las lágrimas que empiezan a empapar su camisa.

 

 

 

Microrrelato para el concurso «Relatos en Cadena» del programa La Ventana de la Cadena Ser.

Vidas deshabitadas

 

Cuelgan de las cuerdas de la del quinto cuatro globos de colores arrastrados por el viento; en las del segundo unas zapatillas de ballet y un pequeño tutú de color rosa añoran el protagonismo y los aplausos que un día ya lejano acapararon; en la azotea huellas antiguas de cualquier fiesta olvidada hablan de alegría, de un tiempo pasado del que ahora nada queda. Sombras y fantasmas en lucha feroz contra el espanto y la desolación que anhelan lo imposible: el genio de Aladino, la voz de Sherezade frente a  la oscuridad… el embrujo que a las noches de Oriente devuelva al fin su magia y su poesía. Continuar leyendo «Vidas deshabitadas»

Licencia para soñar

 

Aquel día de verano de 1945 mi vida cambió para siempre. El mundo despertaba convulso y herido de un sueño de pesadilla y yo era por entonces un niño de diez años a punto de descubrir el más fantástico secreto que jamás hubiera podido imaginar. Mágico y poderoso como ninguno. El mayor antídoto contra las inclemencias del tiempo y de la vida.

Aún ahora, tantos años después, recuerdo el escalofrío que recorrió mi cuerpo cuando la sala quedó a oscuras y de golpe comprendí el secreto oculto tras aquella pantalla blanca, feliz de haber encontrado al fin el lugar al que alguna vez huyeron los sueños. Continuar leyendo «Licencia para soñar»