
En medio de un bosque espeso y muy oscuro que nunca alumbran los rayos del sol, una dama de nieve duerme entre las sombras. Acuna el viento sus sueños y el aroma de un embrujo, de tan antiguo ya casi olvidado, todo lo inunda. Una lágrima resbala a veces de sus ojos cansados. Quizá entonces murmure su alma una oración. Quizá entonces, tibias la fe y la esperanza, lata en su pecho el recuerdo.
Hubo un tiempo ─el rumor del céfiro desliza melancólico entre sus ráfagas─ que esta fue una región de extraordinaria hermosura. Cedros, almendros y robles se alzaban con orgullo sobre ella, arroyos de aguas claras regaban sus tierras y una ciudad exótica, bellísima y misteriosa, regalaba al mundo su hechizo desde la ribera de un río. Sus calles, estrechas y empinadas, olían a jazmín, a pan recién horneado, a especias dulces y aromáticas: canela y miel, almendras y pistachos. Resonaba en ellas un eco de risas y juegos infantiles, el bullicio alegre de los zocos, la vida y la felicidad. El tañido melodioso de las campanas acompañaba el paso lento de las horas y al anochecer, derrotado al fin el día, cuando todo era ya soledad y silencio, la magia susurraba al aire sus secretos y escribía su leyenda bajo cielos benignos y estrellados. A lo lejos, las cumbres nevadas de las montañas se difuminaban en el gris del horizonte, mientras la luna rompía con delicadeza la neblina. Continuar leyendo «Duerme Sherezade»








