
Un ruido sordo en el motor lo puso sobre aviso. Algo no iba bien. El avión vibraba, se estremecía, se inclinaba a izquierda y derecha sin control. Perdía altura a gran velocidad e iba a estrellarse de un momento a otro. No lograba enderezar el rumbo.
Desabrochó nervioso el cinturón que lo ataba al asiento del aparato, abrió el cristal de la carlinga y saltó al vacío. Cayó despacio sobre un inmenso océano amarillo, sin dunas, sin oasis, sin lugar alguno hacia el que caminar. Estaba preso del desierto, aislado del mundo, abandonado a su suerte.
Un torbellino de arena lo cegó un instante y la melancolía invadió su alma. Cerró los ojos con fuerza y al abrirlos la sorpresa lo dejó sin respiración. Continuar leyendo «En las arenas del Sáhara»









