
La luz del sol poniente declinaba veloz. El mar estaba en calma y cientos de chispitas danzaban juguetonas al ritmo de las olas, estrellas diminutas que punteaban la marea con relámpagos de cristal, espuma y plata. Un caleidoscopio de colores −ocres, cobaltos, escarlatas, esmeraldas− teñía las aguas y sobre ellas un enredo de nubes, sombras y brumas cubría poco a poco el azul del cielo. Comenzaba el viento a virar y había en sus remolinos un presagio de lluvia, una advertencia de tormenta, casi una amenaza, que quizá aquella misma noche se cumpliera. Continuar leyendo «A contracorriente»








