Daños colaterales

 

Presiento −y no preciso para ello recurrir a la dotes adivinatorias que tantos me adjudican− son ustedes parte de ese tipo de personas que adora la primavera. No es un reproche, no ¿cómo iba a serlo? se trata sólo de una simple observación. Y es que son legión los entusiastas de tal estación. Tal vez hasta ahora no hubieran reparado ustedes en ello o no hubieran prestado al asunto la atención que a mi juicio merece pero, créanme, yo sé bien de lo que hablo. Pregunten, pregunten a cualquiera y verán como de inmediato y sin el más leve pestañeo todas las respuestas, sin apenas excepción, se inclinan a favor de la bellísima, fresca, flamante y cautivadora primavera. Conste que lo digo sin atisbo alguno de ironía, no se confundan y no atribuyan a mis palabras un sentido del que por completo carecen. No, nada más lejos. Muy al contrario, entiendo su éxito a la perfección: luminosa, alegre, aromática, poética, romántica a rabiar… La reina de la fiesta, vaya. Aunque, si vamos a ser sinceros, hemos de reconocer también que tras los larguísimos, grises y lluviosos meses invernales que la preceden, mucho mérito tampoco tiene la cosa ¿no creen? Bien fácil ha de resultarle ejercer su hechizo, su calidez y su dulzura bajo esos espléndidos e inmensos cielos azules, tibias y brillantes tardes de sol y mágicas noches estrelladas sobre los que, poco a poco, la muy pícara ha tejido su leyenda. Continuar leyendo «Daños colaterales»

Eterna condena

 

Lo ha conseguido. Por fin. Dos mitades exactas de una misma pieza. Contempla su obra con cierta pesadumbre mientras se dice que no ha sido aquello venganza sino justicia. Imposible era dejar impune tamaña osadía y única culpable de su desgracia ha sido esta raza vanidosa e imperfecta que desgajada entre sus manos ahora se encuentra. ¡Desafiar a los dioses! ¡Pecado mayor para los hombres no existe! Vagar en busca de su otra mitad, esa que desconcertados ya no encuentran, será para siempre su condena. Tristes naranjas incompletas que, a fuerza de amor, la ofensa a un dios, redimir anhelan. Continuar leyendo «Eterna condena»

Cantos de sirena

 

Una mirada, una sonrisa, un baile, una caricia. Fugaz, remoto, dulcísimo espejismo de un amor que hasta aquellas tierras la condujo. Atrapada para siempre en su leyenda, impasible y resignada, ella oculta su derrota. Y recuerda…  Tal vez, en secreto −ahogado y profundo rumor de sollozos−  su añoranza sueña. Cangrejos y caballitos de mar, algas y olor a sal, arenas blancas, arrecifes de coral, vaivén de olas que vienen y van.

Hasta el fin del mundo marchó su príncipe a buscarla. No importaba la distancia ni los riesgos del camino. Y cuando al fin  la encontró, de una ilusión con pasión se enamoró. Continuar leyendo «Cantos de sirena»

Café amargo

 

Fue mi culpa. Lo reconozco. Quisiera poder decir que la luna llena me embrujó, que el brillo fugaz de una estrella me cegó o que la belleza del amanecer quizás me trastornó… No sé, cualquier cursilería que se les ocurra pero no sería cierto. El error, como siempre, para qué negarlo, fue mío. Sé que no existen los cuentos de hadas, por supuesto, o que al menos ya nunca serán lo que solían pero por alguna extraña razón lo olvido siempre en el momento más inoportuno y no puedo evitar, pese a mi catastrófico currículum sentimental, cierta dosis de romanticismo. Así que, ya ven, aquí estoy. Sola. Otra vez. Petrificada desde hace horas frente a la escueta despedida que, amablemente, en algún momento de la noche, mi príncipe azul dejó junto a la cafetera, antes de salir huyendo de mi lado, con nocturnidad y alevosía, como alma que lleva el diablo, al parecer. «Perdóname» dice la nota, emborronada ahora por una lágrima traidora que, sin permiso y por su cuenta, ha ido a posarse sobre ella. En fin. Luego lloraré un poquito más. Ahora lo primero es detener la hemorragia de este pobre corazón que lo está poniendo todo perdido. Aunque, insisto, fue mi culpa. Lo sé mejor que nadie. Nunca debí decir aquel «te quiero». Continuar leyendo «Café amargo»

Crimen fantasma

 

Encendió un cigarrillo, aspiró suavemente su perfume y con infinito desconcierto ─cruel traición de unos ojos verdes─ comprendió que moría. Porque sí, en aquel instante, Jaime murió. Nadie lo sabe todavía y es posible que nadie lo descubra jamás. Siempre fue bueno disimulando. No se hallará el arma homicida. No habrá delito ni culpable. Quizá, ni siquiera cadáver. Y, sin embargo, está muerto. Un disparo al corazón. Certero. Inesperado. Brutal. Inmenso agujero en el pecho por el que, veloz, se le fue la vida. «Nunca te quise», dijo con despiadada indiferencia su asesina. Agónico y obstinado su corazón sigue latiendo. Continuar leyendo «Crimen fantasma»

Un cuento gótico

 

Aquella tarde todo era gris. Todo era pesado, tedioso, triste. Una luz cenicienta y fría se filtraba a través de los cristales del aula dejando entrever el mundo silencioso y helado que nos aguardaba tras ellos. Había sido un mal día, los niños estábamos cansados y en la clase reinaba un ambiente de descontento e irritabilidad. El maestro hablaba y hablaba sin parar pero hacía ya un buen rato que nadie lo escuchaba. Él lo sabía y, de repente, en medio de una frase que dejó inconclusa, flotando en el aire, calló de golpe. Los alumnos nos removimos inquietos, temerosos de haber agotado su paciencia hasta que al fin, seguro ya de haber captado nuestra atención, sus labios dibujaron una sonrisa sabia y fatigada. «De acuerdo ─dijo─ terminemos por hoy, pero antes de marchar cerrad los ojos un instante y dejad que os cuente un secreto, algo que hasta ahora a nadie revelé, un recuerdo contra el que tiempo y tiempo luché, desesperado por creer que nunca sucedió, que solo fue un sueño de mi ardiente imaginación. Jamás lo conseguí».

Y en estos términos, comenzó su relato: Continuar leyendo «Un cuento gótico»

Un mundo de sueños

 

Habitan la frontera de un sueño. Son los duendes… Pequeñitos, descarados, tan burlones… Susurran travesuras al oído del viento y al amanecer se desvanecen raudos como estrellas fugaces. Así fueron siempre las reglas de la magia. Hasta que embrujado por un sol de fuego que despertaba radiante entre nubes de algodón, un duendecito rezagado rompió el hechizo. Atrapado en el mundo de los hombres creció y olvidó su magia y sólo en sueños, que de inmediato olvida al despertar, logra atravesar por un momento el umbral entre ambos mundos. Un destello de felicidad ilumina entonces su rostro. Polvo de hadas. Alegría en el alma. Ecos de eternidad… Continuar leyendo «Un mundo de sueños»

Extraños en un tren

 

… El más puro milagro de la luz: tú contra el alba

Ángel González

Se fijó en ella por primera vez un atardecer nublado de invierno. Una mujer absorta en la lectura junto a la ventanilla del vagón. Ligera como un suspiro. Las luces grises de diciembre se colaban a través del cristal dando a su expresión un aire de melancolía que por alguna razón lo conmovió de un modo extraño. Parecía perdida en un mundo secreto, quién sabe entre qué nostalgias. Se la veía tan frágil, tan desamparada.

A partir de ese día, cada tarde, a la vuelta del trabajo, Mario la buscaba en el andén. Subía tras ella, siempre en el mismo vagón, último tren de la jornada y a distancia y en silencio, cual benéfico ángel guardián, la observaba encandilado disfrutando ese instante precioso en que, abandonada y vulnerable, la tenía para él. Con tremendo desconcierto, alterados alma y corazón, incapaz ya su mente de negar la evidencia, se preguntaba entonces qué era aquello que con tanta fuerza había nacido en su interior y cómo habría sido él capaz de vivir hasta ese momento. Continuar leyendo «Extraños en un tren»

Deprimido

 

Ya nadie cree  en los fantasmas y así no hay manera de trabajar. Pese a todo, yo soy un profesional y lo sigo intentando. Cada noche empleo mi mejor repertorio: apariciones espectrales, rechinar de dientes, entrechocar de cadenas, espeluznantes chirridos… Pero, ya digo, no hay manera. Nadie me toma en serio. Por eso, esta mañana, en un último intento por recuperar la confianza perdida, decidí cambiar de táctica y, oculto bajo la alfombra, esperé estratégicamente el momento oportuno para materializarme lentamente de la nada. Y ¿qué dirán qué pasó?, ¿gritos?, ¿desmayos?, ¿escalofríos de terror, quizá? ¿No me dirán que no hubiera sido ésa la reacción lógica de cualquier persona en su sano juicio? Pues ya ven que no. A las pruebas me remito. En cuanto posé, tímidamente pero con toda la ilusión del mundo, mi mano sobre la alfombra no sé qué extraña idea atravesó la mente de esa horrible mujer que sin pensárselo dos veces desenfundó la aspiradora y en un santiamén acabé desmembrado en el interior de aquel artefacto del demonio. En fin, que todo me sale mal y ya no sé qué pensar. Estoy al borde del ataque de nervios y tal vez no me viniera mal algo de ayuda psicológica para superar tanto fracaso. Lo he pensado mucho, no crean, o mato al psicólogo de un susto o sana mi ego maltrecho. Ambas opciones resolverían mi problema pero ocurre que en este mundo de ultratumba nadie sabe guardar un secreto y me da tanta vergüenza… Continuar leyendo «Deprimido»

La leyenda del payaso triste

 

No sé por qué sucede pero sí lo que muchos de vosotros veis en mí. Con absoluta claridad lo percibo cada noche cuando, terminada la función, oscuro y ya vacío el escenario, algo preso todavía de mi propio personaje, siento como esquivan vuestros ojos los míos si por azar un instante con ellos se cruzan, como un extraño pudor (¿tal vez compasión?) de inmediato entonces ruboriza vuestro semblante.

 Es la leyenda que consigo arrastran todos los payasos del mundo: chanzas, carcajadas, ropas de colores o estridente maquillaje que sin duda (sospechan todos) un corazón herido apenas un instante disfrazan.

Tanto y tanto esta fábula se extendió que imposible resulta ya negarla.

Mas, creedme, no es cierta. Si concluida la función no halláis en el rostro del payaso una sonrisa, no juzguéis su mueca tristeza o amargura: no lo es. A vosotros su más bello tesoro regaló, ¿no lo veis? e igual que tras la oscuridad alumbra siempre el nuevo día, al amanecer mil risas nuevas el payaso inventará. Esforzados artesanos de la alegría nosotros somos, debéis saber. Guardianes únicos de un conjuro que, del tiempo y el olvido, con ternura infinita resguardamos. Continuar leyendo «La leyenda del payaso triste»