
El monótono teclear de la vieja underwood que hace tanto su padre le regaló ─siempre desde entonces compañera fiel─ se detiene al fin. Durante horas, sin pausa, ha resonado en la habitación y de improviso un silencio denso y pesado invade la estancia. Tras los cristales, al otro lado del balcón, la tarde se apaga lentamente. Ha comenzado a lloviznar, la luz es cenicienta y fría y una fragancia suave a tierra mojada, primera advertencia de un otoño recién apenas estrenado, se cuela por alguna ventana entreabierta.
A esa hora mágica en que la noche sustituye al día, Victoria repasa las páginas escritas. Metódica y concienzuda. Satisfecha, por fin. Suspira el aire del anochecer y una emoción incontrolable, algo que no acierta a explicar, inunda sin motivo sus ojos de lágrimas. Solo es cansancio, piensa. Y, sí, tal vez sea solo eso: cansancio. Tal vez. Continuar leyendo «Encrucijada»








