
«Ramón Hernández, detective privado». La placa en la puerta de mi despacho pendía descolgada de uno de sus goznes. Apenas la colocaba en una posición aceptable aquella maldita volvía a derrumbarse así que, harto de intentarlo, claudiqué y renuncié a enderezarla. No era buena carta de presentación, lo reconozco, pero qué gran metáfora de mi situación en ese tiempo. La agencia agonizaba. Mis fantasías novelescas se daban de bruces contra la realidad y mi mueca a lo Humphrey Bogart perdía intensidad a fuerza de no usarla. Solo algún trabajillo de poca monta nos mantenía aún a flote pero las deudas se acumulaban y Roberta, mi leal secretaria, perdía ya la cuenta de los sueldos incobrados.
Por eso el encargo de Miranda Santos resultó tan providencial. Un día sus nudillos golpearon aquella puerta calamitosa que delataba mi naufragio y, tras un instante de duda, cruzó el umbral, se llevó la mano al cabello con gesto indolente para apartar un mechón que le caía sobre el rostro y sin tomar asiento, de pie frente al ventanal de mi despacho, comenzó su historia. Continuar leyendo «Muerte en el lago»











