
Un destello de luz en los cristales la despertó de golpe. Se protegió los ojos con la mano, ahogó un bostezo perezoso en la garganta y saltó de la cama. Aún era muy temprano pero a ella le gustaba madrugar. Aspirar el aire limpio del amanecer, sorprender los colores del alba entre las nubes, ver tintarse poco a poco el cielo de escarlata… No había mejor modo de empezar el día.
Se detuvo un instante frente a la ventana, borró de su expresión el rastro de la noche y salió de la habitación sin hacer ruido. La celebración de la víspera había sido larga y Bartolomé aún dormía. Lo dejaría descansar un poco más decidió mientras, con un tazón de chocolate caliente y un buen pedazo de pastel entre las manos, marchaba a encerrarse en el estudio.
Pese a las pocas horas de sueño, Esther se sentía esa mañana despejada y feliz. Quizá aquel no fuera del todo su mundo, añoraba Edimburgo y la vida en Essex le resultaba extraña pero el ascenso profesional de su esposo merecía el sacrificio y, en cualquier caso, el cambio suponía un reto que no tardaría en dominar. Continuar leyendo «Arte en miniatura»









