
«Que le cooorten la cabeza» sentenció furiosa la avaricia, cual perfecta reina de corazones. Al instante, de su humilde paraíso un hombre fue expulsado. Condena de indigencia, desamparo y soledad. Ejecución inmediata.
En un banco del parque, llora un anciano su miedo y su derrota. De su desgracia, ciega como suele, la justicia aparta la mirada.
Un vendaval furioso y destemplado asola cada rincón de la ciudad. «Hagan juego, señores, hagan juego…», desliza zalamero entre sus ráfagas.
Borrachos de ilusión y de esperanza, aún ignoran los incautos que siempre en este juego al rojo ganador apuesta sin riesgo la banca.
