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Tiempos de plomo

 

Una niña sonríe de frente al objetivo. Una niña de pelo oscuro y ondulado echado hacia un lado, guiño pícaro en la  mirada y gesto divertido. Dulce imagen de otro tiempo que acuna entre sus pliegues un latido de felicidad.

Es una foto pequeña, en blanco y negro. Una vieja instantánea cosida ahora al envés de su chaqueta. Lo único que tiene. Lo único que importa. Un tesoro que, en las noches frías, le calienta el corazón.

Con dedos sucios de barro, Otto roza las aristas de la fotografía y suspira. Se siente tan cansado. Tiene tanto miedo…

Parpadea con fuerza para ahuyentar el llanto que amenaza desbordar sus ojos, traga el desconsuelo anudado a su garganta y se obliga a caminar.

 Un paso. Luego otro. Y otro. Y otro más.

 Avanzan despacio, en silencio, enfrascados todos en idénticos pensamientos, atormentados por idénticos presagios, sin aliento, sin alivio ni esperanza. Una columna de hombres demacrados y exhaustos abandonados a su suerte en medio de ningún lugar.

Una nube de cenizas cae de pronto sobre ellos, oscurece el cielo y aletea en el aire.

 Tras los árboles, al otro lado del camino, arden las cámaras de gas.

 

 

 

Esta Noche Te  Cuento

Arikawa, Hiro: A cuerpo de gato

 

Haberme convertido en su gato me hizo la criatura más feliz del mundo. Esas cosas, tarde o temprano, hay que decirlas…

 Primer libro traducido al castellano de la escritora japonesa Hiro Arikawa, «A cuerpo de gato» es la historia de un amor y una amistad, de la especial relación y los vínculos que poco a poco se van forjando entre Nana, un gato callejero acostumbrado a la soledad, y Satoru, el joven que una noche lo salva del abandono cuando, cerca  de su casa, lo halla herido en una pata.

Tras cinco años de convivencia y por circunstancias que a su debido tiempo irá desvelando la narración, Nana y Satoru emprenden un viaje en busca de un nuevo dueño para el animal y es a través de esa aventura y del relato que el propio Nana hace de ella como vamos conociendo las contingencias de la vida y el pasado de Satoru. Continuar leyendo «Arikawa, Hiro: A cuerpo de gato»

Tolstói, León: Relatos de Yásnaia Poliana

 

Hablaba poco, nunca se reía y a menudo rezaba a Dios

Localidad natal de León Tolstói, Yàsnaia Poliana da también nombre a  la escuela y  la revista que él mismo fundó para exponer las experiencias y conocimientos pedagógicos adquiridos durante sus viajes por Europa. Tolstói siempre consideró la educación un asunto esencial para el buen funcionamiento de una sociedad −la de los zares− con unos índices de pobreza y analfabetismo desoladores. Empeñado en revertir la situación y poner de manifiesto la importancia de implantar métodos de enseñanza adaptados a la situación y necesidades de los alumnos, creó una escuela con una metodología distinta y muy innovadora para la época.

Así, entre los años 1871 y 1875 redactó seis volúmenes de cuentos destinados a enseñar a leer y escribir a sus alumnos. La editorial «Reino de Cordelia» recopila ahora una selección de los mejores en una edición que incluye también «El prisionero del Cáucaso», cuento largo que el autor pulió durante años hasta convertir en una pequeña joya de la literatura. Continuar leyendo «Tolstói, León: Relatos de Yásnaia Poliana»

Youngson, Anne: Nos vemos en el museo

 

¿Alguna vez te has fijado en la hoja de un helecho cuando se despliega?

Tina Hopgood, una granjera inglesa dedicada por completo a su familia, decide un día contactar por carta con un viejo profesor de arqueología que cincuenta años atrás, en el prólogo de una de sus obras, le había agradecido −a ella y al grupo de estudiantes del que por entonces formaba parte− el interés por sus investigaciones sobre el hombre de Tollund, un ser perteneciente a la Edad del Hierro cuyos restos constituyen ahora la pieza más destacada de la colección del museo de Dinamarca que los exhibe.

Poco después Tina recibe respuesta del conservador del museo, Anders Larsen, comunicándole el fallecimiento del investigador pero tratando también de dar respuesta a sus preguntas e invitándola a visitar el centro. Continuar leyendo «Youngson, Anne: Nos vemos en el museo»

Elisa

 

El día de su ochenta cumpleaños Fernando despertó temprano. Una punzada de inquietud latía entre sus sienes y una inoportuna desazón aguijoneaba su ánimo. A su lado, Elisa se removió intranquila. «Duerme, mi vida, duerme −le acarició la frente con dulzura− es pronto todavía». Harto de dar vueltas en la cama, puso al fin un pie sobre la alfombra, luego el otro, se calzó las zapatillas y, con paso vacilante, acomodó sus viejos huesos sobre el sillón de cuero junto al balcón del dormitorio.

Las voces de un borracho sacudieron el silencio de la calle. Un estornino revoloteó tras el cristal. Entre las nubes el alba despuntaba.

Aquel había sido siempre el balcón de Elisa, su escondite favorito. Las tardes de verano, abiertas las puertas de par en par, arrimaba la butaca al rodapié y dejaba pasar las horas con un libro o la cesta de costura en las rodillas. En invierno, enfundada en su grueso chal de lana, se acodaba sobre la barandilla de forja para verlo regresar por la vereda del parque, a la vuelta del trabajo. Le gustaba escuchar el alboroto de los niños, aspirar el perfume de los árboles, sentirse parte de la vida de la calle. ¡Qué bien se estaba allí!, ¡qué paz!, ¡qué suerte!, suspiraba siempre cuando él la sorprendía ensimismada y su presencia la sacaba del hechizo.

El recuerdo estampó una sonrisa en el rostro de Fernando e inundó sus ojos de llanto. La emoción lo asaltaba de improviso. No lograba controlarla y lo golpeaba en cualquier momento, a traición, como un boomerang. «¡Serás bobo!», musitó mientras se secaba las lágrimas de un manotazo y se levantaba dispuesto a asearse y preparar café.

Regresó poco después empujando un pequeño carro camarera con el desayuno. El temblor creciente de sus manos no le permitía ya transportar una bandeja sin percance y aquel carrito que encontró arrumbado en un rincón de la despensa le resolvió el problema.

Se acercó a la ventana, descorrió las cortinas, conectó el reproductor de música y, al son de Schubert y su novena sinfonía, fue a despertar a Elisa. Despacio, muy despacio.

Las mañanas eran malas, amanecía desorientada, él era para ella un extraño y, a veces, gritaba de espanto. La música la calmaba. Fernando había ido aprendiendo poco a poco los trucos para traerla de vuelta y apenas descubría un destello de reconocimiento al fondo de sus ojos cansados, sonreía feliz −«buenos días, amor»−, hundía una tostada  en el café y se la hacía tragar con paciencia de monje tibetano.

Los primeros signos de la enfermedad habían comenzado años atrás: pequeños despistes, palabras perdidas, momentáneas ausencias. Nada preocupante en apariencia pero ella lo adivinó enseguida. Algo andaba mal en su cabeza, algo que se esforzó por combatir sin miedo y la obligó a vivir con un raro sentimiento de urgencia, a proteger momentos, a ocultar el desconsuelo. Fue entonces cuando inició el diario que Fernando leía y releía ahora en sus noches de insomnio. Frágil bitácora de un tiempo que no logró derrotar al olvido. El mal de Alzhéimer se había apoderado ya por completo de su cuerpo y de su espíritu. La había devorado con ferocidad de alimaña. Y sin embargo…

Sin embargo, algunas veces el milagro ocurría y un relámpago imprevisto la rescataba del lugar donde se hallaba perdida. Fernando vivía para aquellas victorias, las atesoraba con avaricia de usurero y las anotaba en el diario donde él −esforzado guardián de la memoria− había continuado fielmente el relato de sus vidas, de su desencanto pero también de su alegría.

El timbre de la puerta lo sacó de su abstracción con un respingo. Angélica, la enfermera de Elisa, llegaba puntual. Mientras ella la vestía y la obligaba a moverse practicando su rutina de ejercicios, él bajaría a comprar unos pasteles y una botellita de champán,  le dijo con un guiño pícaro, casi infantil. «Hoy es mi cumpleaños y un día es un día». Por la tarde los tomarían de merienda, sentaría a Elisa en su balcón y, al enlazar sus dedos a los suyos, una súplica muda anudaría su garganta: «regresa, mi amor, regresa; quédate conmigo».

 

 

 

Primer premio «Relatos Compulsivos». Junio 2020

Literautas

Curiosón invitado

Tibuleac, Tatiana: El verano que mi madre tuvo los ojos verdes

 

Porque los seres humanos están destrozados y buscan cosas destrozadas

Primera novela  de la periodista rumana Tatiana Tîbuleac, «El verano en que  mi madre tuvo los ojos verdes» es la historia de un desencuentro y una reconciliación, el relato del último verano compartido con su madre que, muchos años después, Aleksy, reconocido pintor inmerso ahora en una profunda crisis creativa,  debe afrontar como parte de la terapia impuesta por su psiquiatra.

Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás. Yo la miraba desde la ventana mientras ella esperaba a la puerta de la escuela como una pordiosera. La habría matado con medio pensamiento.

De este modo arranca la historia y de este modo, con tal crudeza, comienza Aleksy a desgranar el recuerdo de aquel verano, ya tan lejano, de su adolescencia; de un tiempo repleto de rabia y rencor hacia la madre, de vacío y soledad, de angustia e impotencia ante el futuro. Continuar leyendo «Tibuleac, Tatiana: El verano que mi madre tuvo los ojos verdes»

Sombras fugaces

 

Noche tras noche el viejo caballero recorre la ciudad. Repican a deshora sus botas sobre el empedrado y una mueca triste tiñe de melancolía el gesto de sus labios. Al paso de algún transeúnte despistado, inclina el hombre su sombrero de copa, recompone su levita harapienta y arrugada y sonríe, bastón en mano, con anacrónica educación. Su aspecto de romántico maldito −repletos de poemas los bolsillos, encendido de pasión el corazón− disfraza de dulzura un dolor antiguo; un pesar que a duras penas su risa enmascara; un desconsuelo que, al cabo, su mirada traiciona.

«¡Pobre loco!», escucha a menudo murmurar a su espalda con hiriente desdén. Clava entonces el anciano sus ojos en el cielo e implora un rayo de luz a las estrellas, un guiño, una señal.

Derrotado −no recuerda cuándo− por la vida, incólume ya su espíritu a la esperanza, a una sola nostalgia su soledad vagabunda aún se aferra: al fulgor de la estrella que de amor y de belleza en un parpadeo lo embrujó. No pudo retenerla pero junto a ella va siempre su alma y su sombra siempre lo acompaña.

 

 

 

Esta Noche Te Cuento

Carroll, Lewis: Alicia en el País de las Maravillas

 

Siempre llegarás a alguna parte si caminas lo suficiente

Aburrida y sin saber qué hacer, una tarde Alicia escucha una voz: «¡Dios mío, Dios mío! ¡qué tarde voy a llegar!». Un conejo blanco ataviado con chaleco y reloj de bolsillo cruza a la carrera frente a ella y, sin dudar un segundo, la niña comienza a seguirlo movida por la sorpresa y la curiosidad. Así comienza la desconcertante y conocidísima historia de «Alicia en el País de las Maravillas», clásico imperecedero del género fantástico con el que Lewis Carroll nos adentra en un mundo insólito, ilógico y surrealista, un mundo sin convenciones ni reglas donde cualquier cosa resulta posible. Continuar leyendo «Carroll, Lewis: Alicia en el País de las Maravillas»

La laguna de las lágrimas

 

La profecía se había cumplido. El rey agonizaba, los magos huían del reino y una helada oscuridad velaba sus tierras. Entre la niebla, el viejo castillo se recortaba espectral, la guerra iba de mal en peor y un presagio de muerte y destrucción aleteaba en el aire. El invierno había posado sus alas sobre el mundo y todo era furia y desamparo.

«Más allá del odio, más allá del llanto…», en los albores del tiempo, la bruja del Norte sopló su  maldición. Continuar leyendo «La laguna de las lágrimas»

Goldman, William: Los gondoleros silenciosos

 

Los sueños, los grandes sueños, no mueren nunca

Hubo un tiempo en que los gondoleros de Venecia hechizaron al mundo con su canto, un tiempo que aclamó sus voces y las consideró casi divinas. Pero un día ese tiempo se esfumó: los gondoleros callaron y nadie conoció jamás el secreto que ocultaba su silencio.

¿Qué ocurrió?

¿Por qué enmudecieron de repente?

Ese es el misterio que pretende desvelar este mágico cuento, «Los gondoleros silenciosos», con el que William Goldman (autor de «La princesa prometida» y guionista, entre otras, de películas como «Todos los hombres del presidente» y «Dos hombres y un destino», reconocidas en su momento con el óscar al mejor guión original) recupera a su alter ego S. Morgenstern para narrar en primera persona la investigación que lo llevará a descubrir los motivos de tan extraño suceso. Continuar leyendo «Goldman, William: Los gondoleros silenciosos»