
Acodada a la ventana, la mujer entretenía sus horas contemplando a los gorriones. Saltaban por los tejados, cogían briznas con el pico, aleteaban en los cristales… Sus trinos parecían risas, la despertaban al amanecer y acompañaban su rutina. Envidiaba su libertad y ¡cuánto los echaba de menos los días de lluvia! Eran su único vínculo con el mundo y, a veces, imaginaba cómo sería regresar a esa vida de la que hacía tanto había abdicado. Pero al fantasear el más leve contacto humano, su corazón se desbocaba al instante y el pánico paralizaba su cuerpo. Regresaba entonces a la calidez de sus libros, al refugio interior que le habían construido, a su espacio de silencio y soledad. Continuar leyendo «Desdoblamiento»










