
Cada sentimiento que lastimamos es una estrella que apagamos
Herman Hesse
Tengo miedo. No quiero sentir lo que siento y tengo miedo. A que dejen de quererme, a las burlas, al desprecio, a la falta de ternura. He aprendido a mirar el mundo en silencio, a callar y asumir mis derrotas. Me asusta tanto ser como soy… Trato de evitarlo y no lo consigo. Sé lo que todos esperan de mí e intento adaptarme, pero… En esa lucha mueren mis sueños y nace una mentira. Es algo inevitable. Y triste. Y confuso. Y tan doloroso… Memorizo gestos y comportamientos, reprimo mi esencia y a base de artimañas he logrado (creo) engañar a los demás, pero la extrañeza que late en mi pecho sigue en él. No se va. Nunca se va.
─ ¡Ay, por Dios, qué chiquillo! ─reniega mamá cada tarde, cuando al volver de clase me encierro en mi cuarto, rehúyo con premura sus besos y empieza enseguida a sonar Rosalía para acallar mis sollozos─, ¡qué adolescencia más mala, Señor, con lo cariñoso que era este niño de pequeño!
Mamá achaca siempre a la edad mis cambios de humor, mi nerviosismo y malos modos. No imagina lo que ocurre. Si llegara a sospecharlo se moría del susto. ¡Ay, mami!
Pasa que no soporto el papel de chico bueno al que estoy condenado. Lo odio con todas mis fuerzas. Buen estudiante, mejor deportista, el más popular de la pandilla. Y sin embargo… Todo se esfumaría en un segundo si desvelase mi secreto. Hasta el más leal de mis amigos se apartaría de mi lado sin un pestañeo. ¡Lo he pensado tantas veces!
Por eso finjo y me traiciono y mi vida entera es de mentira. Porque el rechazo me aterra y exponerme me avergüenza. Porque hay palabras que se clavan en el alma como dardos y miradas que golpean el orgullo como puños. Porque no creo que pudiera soportar la humillación.
Sé que no es correcto lo que hago. Me oculto tras máscaras ajenas, habito el reverso de mi vida y todo es fingimiento e impostura. Y quisiera romper las cadenas que me atan, ¡cómo no quererlo!, pero entonces los prejuicios teñirían de algo oscuro mi existencia, convertirían en caricatura mi fragilidad y, por mucho que ansíe liberarme, que me llene de argumentos y vislumbre algunas noches entre sueños un atisbo de otra realidad, la cobardía vence. Siempre vence y me enmudece.
Nadie sabe que soy una chica. Que dentro de mí hay una niña enjaulada que no encuentra su camino. Una criatura clandestina que no se atreve a confiar.
Duele pensar, duele mirar, duele descubrirme sin querer en la luna de algún escaparate, al pasar por delante. Malditos espejos que siempre devuelven el reflejo equivocado: un rostro que no es el mío, un cuerpo que aborrezco y fantaseo diferente.
Algo en mi interior está torcido y no logro enderezarlo.
Espío de lejos la alegría de mi hermana: la complicidad con sus amigas, la ligereza de sus gestos, las campanillas de su voz… ¡Qué envidia! Quisiera formar parte de ese mundo, de su inocencia y sus juegos de princesas. Hacerlo también mío y vivirlo junto a ella.
No podrá ser. No, al menos, del modo en que a mí me gustaría. Esa evidencia mata las mariposas de mi estómago y la frustración disfraza mi carácter de aspereza.
«Cosas de la edad», suspirará mamá frente a mi mutismo con cara de hartazgo y un aspaviento resignado.
Si fuera un poco más valiente…, me recrimino a mí misma algunas veces, cuando con mano temblorosa pinto de rojo mis labios y pongo rímel a unos ojos que el maquillaje agranda de inmediato. Esos ojos se mofan un poquito de mis miedos y albergan un chispazo de esperanza, un quizás, un ojalá. El vértigo entonces se atenúa y un apunte de sonrisa asoma con descaro a los labios de la niña reflejada en el cristal.
─ ¡Pabloooo!, ¡Pablo, cariño, baja esa música! ─grita mamá desde el fondo del pasillo.
Y Pablo obedece. Se desmaquilla deprisa, el hechizo se rompe y yo, ¡pobre Paula!, regreso a mi escondite muerta de pena.
Relato publicado en la antología 101 relatos LGTBIQ+. Vinatea Editorial 2026.

Lo que más me ha gustado es que el conflicto no necesita grandes discursos. Está en los pequeños detalles: la música demasiado alta, la madre que interpreta el silencio como «cosas de la edad», el espejo, el maquillaje apresurado… Ahí es donde el relato duele de verdad. Más que hablar de identidad, habla del miedo a no ser querido. Y ese miedo, por desgracia, es universal. Un relato muy humano.
Ay, qué bonito lo que dices. Muchísimas gracias.
Hola, Marta. Un relato que toca fibras. ¡Cuántos chicos y chicas que no se atreven a ser «ellos» por la presión social. Por miedo al rechazo familiar, a no ser queridos. Es un tema complejo y lo has tratado con mucha sensibilidad. y delicadeza. Creo que todos deberíamos ser las personas que queremos ser y no deberíamos ser juzgados por ello. Siempre y cuando no hagamos mal a nadie. ¿Qué mal puede hacer una persona que biológicamente es chico y se siente chica? Trabajará igual, amará igual, respetará igual. No sé por qué la sociedad se mete en la vida privada de las personas y las juzga. Me gustó mucho tu relato. Abrazo fuerte.
Así es. Hay cosas que nadie debería juzgar solo respetar, pero… Me alegra muchísimo que te haya gustado el relato, Ana. Mil gracias.
Se me había escapado esta entrada, pero menos mal que la he descubierto porque me ha encantado. El relato es muy emotivo y muy esclarecedor de lo que sienten esas personas encerradas en un cuerpo con cuyo género no se reconocen. Mucha gente debería leerlo para ver si aprenden respeto y dejar vivir a los que son distintos. Al fin y al cabo, todos somos distintos. O si no, que me digan quienes son los iguales.
Un beso.
Ay, Rosa, muchas gracias. Me alegra un montón lo que dices. Un beso grande.
Qué bonito leerte, Marta. Mantienes esa pluma dulce y sensible que ya descubrí en ti la primera vez que te leí. He descubierto, además, que el relato está perfumado con una prosa poética sutil, pero que intensifica el contenido del texto. Me ha encantado.
Muchísimas gracias, Matilde. Precioso lo que dices. Un beso grande.
¡Hola, Marta!
Qué relato tan hermoso y a la vez tan doloroso. Conmovedor y triste…
Tienes una sensibilidad especial para asomarte a las heridas ajenas sin caer jamás en el dramatismo fácil. Esa prosa tan limpia, delicada y con un pulso casi poético, acompaña el desgarro interior del personaje con un respeto enorme. Es demoledora la precisión con la que retratas la asfixia de la impostura: tener que fingir para no ser destruido, esa madre que achaca todo a «cosas de la edad» sin sospechar la tormenta interior, y ese instante fugaz frente al espejo donde Paula respira por un segundo antes de que la realidad vuelva a imponerse con un golpe seco.
La cita de Hesse que abre el texto no podía ser más certera: apagar esa estrella por miedo al rechazo parte el alma.
Mi enhorabuena de corazón por el relato y por su publicación en esa antología de Vinatea; textos así son un faro necesario.
Un fuerte abrazo, compañera.
–Tarkion
Hola, Miguel. Generosísimo conmigo siempre y qué bonito lo que dices. Mil gracias. Un beso y bienvenido. Contenta de tenerte de nuevo por aquí.